jueves, 30 de septiembre de 2010 | By: Laura Falcó

El último adiós



Me sentía extraña, diferente. Me incorporé y tuve esa rara sensación de ingravidez que acompaña a los astronautas en sus vuelos. Me sentía ligera y por primera vez en muchos años, me olvidé de mi artrosis, del dolor de mis rodillas, del temblequeo de mis manos. Como cada mañana, me acerqué a la ventana y observé la calle. Parecía que el invierno ya se había instalado en su totalidad. La lluvia azotaba el asfalto y la hierba de los parterres dejando el aire impregnado de aquel olor a fresco. Luego, me dirigí a la cocina dispuesta a hacerme el desayuno. Sin mi café con leche y mi magdalena, mi cuerpo era incapaz de empezar la mañana. Sin embargo, algo inesperado sucedió. Era como si mis manos fuesen de humo. Incorpóreas y casi transparentes, se demostraban incapaces de agarrar mi taza de café. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo? Asustada, retrocedí lentamente sin poder dejar de observar mis extremidades. Podía ver a través de mi cuerpo. Fue entonces, al pasar por la habitación dirección al espejo del baño, cuando me vi ahí tumbada. No daba crédito a mis ojos. ¿Cómo era posible que mi cuerpo yaciera sobre la cama, si estaba de pie frente a él? Mareada, me senté en la mecedora tratando de tranquilizarme. Entonces oí que Carmen, la mujer que venía a limpiar, abría la puerta de la casa. Me sentí aliviada. Me incorporé rápidamente y fui dirección a ella tratando de hallar respuestas pero, para mi horror, Carmen pasó a través mío como si de una exhalación se tratase.

-Señora,... señora, ¿está usted aún durmiendo? La oí preguntar mientras entraba en mi habitación.

Angustiada, Carmen salió del cuarto y descolgó el teléfono. Al cabo de unos minutos un médico certificaba mi muerte.

Muerta, que extraña sensación. Jamás imaginé que la muerte fuese tan absurda, tan frívola. ¿Y ahora?, ¿Qué se supone que debo hacer?, pensé para mis adentros. Expectante, volví a sentarme en la mecedora mientras un sin fin de personas empezaban a desfilar frente a mi cadáver. ¡Con lo poco que a mi me gustaba que me toquetearan! Entonces vi que Carmen estaba tranquilamente sentada en el salón. Pero, ¿porqué no está limpiando?, pensé. ¡Con lo que me cuesta a fin de mes! Pasaron los minutos y llegó mi hijo con su mujer.

-¡Cuánta hipocresía! Exclamé deseando que alguien me oyera.

¿Porqué la gente mentía tanto cuando alguien estaba muerto? Escuchar a mi nuera Susana lamentándose de mi marcha, me pareció algo inaudito. Desde el primer instante en que entró en mi vida, nos caímos mal. ¿A qué venían ahora esas lágrimas de cocodrilo y todas esas buenas palabras? Por mucho que llorara, no la había incluido en mi herencia. Prefería dejar mis joyas a mi sobrina que a ella. Vaya sorpresa se iba a llevar, me dije sonriéndome.

-Teniendo en cuenta lo mal que estaba, ha sido mejor así. Comentó mi sobrina.
¿Mejor?, ¡mejor estaba viva! Vaya tontería acababa de decir. Tendría mis dolencias pero, de ahí a preferir estar muerta, iba un mundo. ¿Porqué la gente tenía aquella estúpida costumbre de intentar justificarlo todo? Siempre me había sorprendido la capacidad infinita que tenía el ser humano de decir estupideces en los entierros.

-Habrá que decidir que ropa le vamos a poner. Apuntó mi hijo Juan.

Puestos a elegir, se me ocurrían un par de trajes chaqueta muy elegantes que tan sólo había podido llevar en una ocasión.

-Yo no me complicaría demasiado. Contestó Susana revolviendo mis cosas de forma casi compulsiva. Total, tu madre era una mujer muy sencilla.
-¿Sencilla?, ¿Qué quería decir con sencilla?, ¿Quién le había dado permiso para tocar mi ropa?
-Creo que con uno de estos vestidos de diario estará bien.
-¡Pero será zorra! Exclamé santiguándome por la barbaridad que acababa de decir. Lástima que no pudiese oírme.
Pensaba que lo peor ya había pasado, pero no era así. Todavía faltaba el velatorio y el entierro. La noche iba a ser muy larga y el día siguiente aún peor, pensé.

Ahí, tumbada dentro de aquel ataúd, maquillada como jamás lo hubiese hecho en vida, peinada como una escarola y vestida con cuatro trapos mal puestos, esperaba atentamente a que todos los curiosos del barrio pasaran a darme su último adiós. Algunos, los más aprensivos, daban el pésame a mi hijo sin querer pasar hasta dónde estaba yo. Otros, no sólo entraban a verme, sino que aprovechaban para cotillear sobre mi atuendo y aquel horrible maquillaje más propio de una drag queen. Como siempre, los más avispados daban el pésame y aprovechaban para desaparecer sutilmente por el fondo sin dejar ni rastro; ya había cumplido.

La espera se hizo muy larga y pesada. Sin embargo, había una cualidad inherente a mi estado que estaba empezando a disfrutar. El poder oír sin ser vista tenía sus ventajas. Ni corta ni perezosa, salí de aquel cuartito dispuesta a cotillear. Así fue como me enteré de que María, la hija de la carnicera, estaba embarazada y se iba a casar de penalty, de que el bueno de Julián engañaba a su mujer con su secretaria y de que mi nuera, a falta de leer el testamento, había empezado a tomar prestadas todas mis joyas. Si hubiese podido, la habría matado allí mismo.
Luego, empezó la misa. El cura, harto de impartir oraciones cada media hora dedicadas a personas distintas, equivocó mi nombre.

-¿Verónica? Me pregunté sorprendida. ¿Quién es Verónica?

Mi hijo discretamente se incorporó y acercándose al cura le susurró mi nombre al oído. Creo que fue en ese instante en que pude observar, como en la solapa del traje de Susana lucía mi broche de diamantes. Eso era intolerable. ¿Cómo lo había permitido Juan? El sabía perfectamente que yo no soportaba a su mujer. ¿Es que no iba a respetarme ni en ese día? Indignada golpeé con el pie mi ataúd. Cual fue mi sorpresa, cuando un gran estruendo, provocado por mi patada, invadió la capilla. ¡Era capaz de mover cosas! Aquella sensación de poder me hizo sentir viva de nuevo. Emocionada, salí de la capilla y probé practicar mi nuevo don. Lo cierto es que no era tan sencillo como parecía. Tan sólo cuando me concentraba mucho, conseguía mi objetivo. Sin embargo, aquello me parecía suficiente como para llevar a buen puerto mis propósitos.

Esperé y cuando la misa hubo acabado, acompañé mi cuerpo hasta el cementerio. Seguía lloviendo, como lo hizo el día anterior. El suelo, totalmente encharcado, era un auténtico lodazal. Abrigados y protegidos con paraguas, mi familia rodeaba mi tumba esperando para darme su último adiós. Los enterradores empezaron a bajar el féretro lentamente mientras que Susana protestaba, amargamente, porque se estaban estropeando sus zapatos negros de tacón. Fue entonces, cuando llena de rabia y concentrándome con todas mis fuerzas, la agarré de un tobillo y, sin dudarlo, la arrastré a la tumba junto conmigo. El espectáculo fue dantesco. Rebozada en barro, con el vestido roto y llena de contusiones, Susana hubo de ser llevada al hospital. Lo que todavía a día de hoy se preguntan, es a dónde fue a parar el broche de diamantes que llevaba en la solapa de su traje.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustó bastante. Lo cierto es que se ajusta mucho a la realidad. Cuando uno muere la gentee vuelve muy hipócrita

Anónimo dijo...

Mas profundo de lo que parece. Felicidades

hln dijo...

Creo que a mas de uno le gustaria estar en su propio funeral, y poder saber que piensa y que dice el resto, jaja. Seria super pode ver que hace el resto con lo que dejamos y como se comportan ante nuestra ausencia, creo q conoceriamos realmente a los que nosrodean.
Lo unico malo seria que de nada nos sirve saber todo eso despues de muertos.
Muy buena historia.

Anónimo dijo...

creo absolutamente que vemos todo de nuestra muerte ,pero sinceramente , no creo que despues de morir tengamos ese apego a las cosa terrenales, si no mas bien a la gente que hemos amado,y nos invade en la mayoria de casos un sentimiento protector hacia ellos.es mi forma de verlo y lo que he sentido al fallecer gente querida.

Laura Falcó dijo...

Es muy posible que sea así, pero en este relato lo que realmente quería reflejar era el odio hacia su nuera. Antes de que ella se quedase con el broche prefería llevárselo con ella.

Anónimo dijo...

muy buena historia eres lamejor de verdad soy elisabeth

Laura Falcó dijo...

Gracias Elisabeth.

Peter Mathius dijo...

Genial História, increible, pedazo de SUEGRA CLÁSICA, qué bien quiere a su NUERA, ja,ja,ja,ja (Me Encantó, hasta después de Muerta dándole lecciones a la otra "VIVALES") Estupendo Relato Láura :D

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