miércoles, 24 de febrero de 2016 | By: Laura Falcó

E.C.M




James Kallaghan había llegado lejos, mucho más de lo que nunca habría soñado. De niño, harto de ver la pobreza que le envolvía, se prometió que él iba a ser alguien importante. Al principio fue duro, muy duro, hubo que hacer muchos sacrificios, pero había valido la pena. Pensativo, tumbado sobre la mesa de aquel frío quirófano, a punto de ser operado a vida o muerte, James repasó su vida. Quizás, la parte más difícil fue renunciar a sus orígenes, a su familia. En aquel mundo no había lugar para parientes pobres, ni para miserias. Tardó sólo dos meses en crearse una nueva vida, al personaje perfecto. Hijo de una supuesta familia aposentada, con los mejores estudios y con un curriclum laboral impecable, James podía codearse con los directivos más reconocidos, con las personas más influyentes. Sólo alguien así podía ascender a lo más alto.

El médico y el anestesista entraron en el quirófano. Las heridas eran graves y el dolor apenas era soportable. Si no hubiese cogido aquella llamada mientras conducía no habría perdido el control del coche.  Mientras se preparaban para operar, James siguió sumergido en sus pensamientos. Recordó entonces a Caterina. Nunca antes había sentido algo así por una mujer pero su pasado la hacía totalmente inadecuada. Al igual que él, Caterina venía de una familia muy humilde. De muy joven se quedó accidentalmente embarazada y decidió tener al pequeño; aunque sola. Sin apenas estudios, Caterina se vio abocada a ganarse la vida de cualquier forma y las malas compañías la llevaron a un club de alterne. Cuando él la conoció Caterina ya no se dedicaba a eso; estaba de camarera en una pequeña cafetería pero, aquel pasado, pesaba sobre él como una losa. No podía permitir que le relacionasen con alguien así; se jugaba demasiado. Recordó con tristeza la despedida, sabía que no iba a volver a amar a alguien así en toda su vida. También recordó a su madre; aquella que se desvivió por él fregando suelos y al entierro de la cual ni tan siquiera fue. James se había convertido en un hombre duro, impermeable a los sentimientos, impasible ante el dolor ajeno. No recordaba en qué momento de su existencia perdió la capacidad de querer. En su mundo no había espacio para la compasión, ni para la empatía y aún menos para el trabajo en equipo. Para llegar a donde había llegado había tenido que dejar muchos cadáveres en la cuneta.

El anestesista le miró un instante y acercó la mascarilla a su rostro; había llegado la hora. Sintió como perdía el conocimiento. El médico se acercó a la camilla bisturí en mano, dispuesto a intervenir.


Tenía calor, mucho calor. Sintió que su piel casi ardía. Al fondo, no muy lejos, se oían como lamentos, lloros, quejidos, súplicas. Abrió los ojos lentamente, inquieto, sin entender qué era lo que estaba pasando. Alrededor suyo tan sólo había llamas y oscuridad. ¿Se estaría quemando el edificio?, pensó asustado. Miró de incorporarse y huir de allí. A su paso, por el suelo, gente herida, despedazada, sangre, vísceras. Era como si de pronto el hospital se hubiese convertido en un campo de batalla, en una sala de torturas.

-¿Dónde estará la salida? -Se dijo a si mismo tratando de escapar de aquella escena apocalíptica.

Aquellos seres, más despojos que humanos, se arrastraban junto a él tratando de tocarle, buscando ayuda. Parecían haber sido destripados por algo o alguien como si de animales se tratase. El sonido del dolor, un dolor tan real como inimaginable perforaba sus oídos casi hasta volverle loco. Entonces, empezó a sentirse mal, muy mal. Era un tipo de dolor distinto, diferente a ninguno conocido, era como si en su interior algo arañase sus entrañas. Sintió como si una bestia le estuviera mordiendo por dentro despedazándole vivo. Chilló con todas sus fuerzas mientras se replegaba sobre si mismo tratando de contener aquel dolor inhumano. Mientras, su piel, parecía agrietarse por culpa de aquel calor, parecía deshacerse, fundirse lentamente dejando entrever su cuerpo descarnado. Se estaba quemando vivo.

-Doctor, parece que le estamos perdiendo. -Oyó en la lejanía, como en un sueño.
¿Se estaría muriendo? -Se preguntó asustado.

-Doctor, el paciente no responde. -Volvió a oír.
-Un miligramo de Atropina, rápido. -Respondió el doctor

¿Acaso era aquello lo que había después de la vida? ¿Y aquellas historias de pasillos repletos de luz, de sensaciones de bienestar y paz? No es que él fuera muy creyente pero si había algo después de la vida, ¿dónde estaba Dios ahora? Miró a su alrededor buscando respuestas. ¿Acaso Dios se había olvidado de él? Ahora, como nunca antes necesitaba creer en algo, necesitaba aferrarse a algún tipo de esperanza.

De pronto sintió como que algo, o alguien, tirase fuertemente de él, como si un golpe seco sacudiese su pecho bruscamente haciéndole reaccionar y salir de aquella pesadilla.

Abrió nuevamente los ojos, miró asustado a su alrededor. Las blancas y desnudas paredes de la habitación del hospital rodeaban su cama. Todo había sido un sueño, una pesadilla, pensó. Poco a poco recuperó la tranquilidad; todo había vuelto a la normalidad. Pasaron algunos instantes antes de que entrarse el doctor.

-Ha estado usted muy cerca de no contarlo. - Dijo este sólo entrar.
-¿Me inyectaron Atropina? -Preguntó el algo intranquilo por aquella afirmación.

-Sí…dijo el doctor sorprendido por aquella afirmación.- ¿Acaso…lo pudo oír?

-Creo que sí. - Respondió James que aún no tenía demasiado claro si debía alegrarse de aquello.
-¿Qué más vio? - Preguntó el doctor fascinado- ¿Vio la famosa luz?

-¿La luz? - Respondió el todavía angustiado por la experiencia que había vivido.- Lo que vi fue horrible. Todo estaba rodeado de llamas, repleto de dolor, muchísimo dolor, oscuridad…

El doctor lo miró en silencio, sin ningún gesto de sorpresa, como si ya supiese lo que le iba a contar.

-Estoy convencido de que todo fue fruto de la anestesia; seguro. - Añadió James con aquel tono autosuficiente que le caracterizaba.
-O quizás sea lo que le espera a las personas despreciables y mezquinas como usted… -Dijo el supuesto doctor saliendo de la habitación con un brillo extraño, casi diabólico en sus ojos.

Ofendido, cabreado, James se incorporó de la cama de un brinco decidido a quejarse de aquel médico a la dirección cuando de pronto, otro hombre ataviado de doctor entró en la habitación.

-¿Se puede saber a dónde va? Acaba de salir de una operación complicadísima.
-Ese doctor, el que acaba de salir de aquí…me ha llamado despreciable, mezquino. - Dijo el alzando la voz.

-¿Doctor? ¿Qué doctor? Aquí no ha entrado nadie. No hay ningún doctor excepto yo.

Ahora, James Kallaghan sabe lo que le espera después de esta vida y cada día que pasa tiene, si cabe, más miedo a morir que el anterior.

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