Jamás olvidaré el día en que perdí mi sombra. Sí, mi sombra, esa cosa inútil que nos acompaña a todas partes y a la que no prestamos ni la más mínima atención. Esa prolongación fantasmagórica de nuestro cuerpo, que la luz provoca y la oscuridad engulle. ¿Quién me iba a decir que semejante tontería iba a marcar un antes y un después en mi existencia? Pues desgraciadamente, así fue.
Aquella fría mañana de enero me dirigí al metro como cada día para ir a trabajar. Los vagones, sucios y abarrotados de gente, impregnaban la ropa de un vomitivo olor a humanidad. Como cada mañana, los empujones para entrar y salir del metro terminaron por despertarme del letargo en el que aún andaba inmersa. Bajé del vagón y viendo en el reloj de la estación que llegaba tarde, empecé a correr en dirección a las escalera. Sabía que si volvía a retrasarme podía ganarme una sanción. Fue entonces cuando tropecé con aquel mendigo. Sus piernas, tendidas a lo largo del andén, propiciaron mi caída. Enfadado y claramente alterado, aquel hombre se levantó del suelo y sin mediar palabra me asestó una cuchillada en pleno abdomen, dándose a la fuga un segundo después. Aquello no podía estar pasándome realmente, pensé. Fuera del dolor agudo que sentí cuando el filo de aquel cuchillo me atravesó, la sensaciones posteriores no fueron para nada tan intensas como hubiese cabido imaginar. Tan sólo una desagradable sensación de escozor y un intenso frío se apoderaron de mí. Afortunadamente, la ambulancia no tardó en llegar.
Apenas recuerdo todo lo que aconteció después. Imagino que la perdida de sangre me llevó posiblemente a la inconsciencia. Cuando desperté sobre aquella fría camilla del hospital estaba sola. A diferencia del dolor y malestar posterior que había sentido en la estación, ahora me sentía bien, como siempre. Esa era una buena señal, pensé. A bien seguro que ya habrían cosido la herida y mi organismo volvía a estar en perfecto estado de revista. ¿Cuánto tiempo debí estar inconsciente? Recordé que en algunos casos, los pacientes eran capaces de pasar varios días en estados semi comatosos. De ser así, no era de extrañar que ya no sintiese ningún tipo de dolor ni de molestia. Harta de esperar que alguien acudiese a aquella extraña habitación, decidí incorporarme y salir al pasillo en busca de alguna enfermera. Pero, para mi sorpresa, en aquella planta parecía no haber nadie. Aquello parecía ser el sótano del hospital. Sin ningún tipo de reparo al respecto, tomé el ascensor y subí a la planta baja.
-¿Por qué no tienes sombra? Preguntó una vocecita tras de mí.
-¿Sombra?
-Sí, sombra. Repitió aquella criatura.
Miré tras de mi sorprendido por aquella curiosa afirmación. ¿Cómo no iba a tener sombra? ¿Qué clase de tontería era esa? Observé atentamente el suelo a mi alrededor pero, al igual que aquel niño, no fui capaz de dar con mi sombra. ¿Cómo era eso posible? Menuda tontería, pensé. Seguro que existía una explicación para semejante majadería. Además, lo importante en ese momento era encontrar a alguna enfermera que pudiese informarme de mi estado. Sin prestar demasiada atención a aquel niño retomé mi objetivo. Entretanto, la madre de la criatura lo alejaba de allí tomándolo de la mano.
Mientras yo seguía con mi periplo por la recepción del centro, una serie de preguntas y dudas empezaron a dar vueltas por mi cabeza. ¿Qué significaría no tener sombra? ¿Qué era exactamente la sombra? La sombra no es más que la imagen oscura que proyecta un cuerpo opaco sobre una superficie, al interceptar los rayos de luz, pensé. Era incapaz de pensar en una situación en la que un ser humano no proyectase una sombra ¿Acaso mi cuerpo había dejado de ser opaco? Definitivamente, aquellas estúpidas preguntas no iban a llevarme a ningún lado.
En aquel instante, una enfermera cruzó la sala y yo fui a su encuentro. Me acerqué por detrás y le dije:
-Disculpe, verá, yo estaba abajo en una habitación y ...
Viendo que aquella mujer hacía caso omiso a mis explicaciones, opté por llamar su atención tocando suavemente su hombro pero, para mi estupor, mi mano atravesó por completo su cuerpo. Una tremenda sensación de angustia recorrió mis entrañas. ¿Qué es lo que estaba pasando? Nuevamente, traté de tocar a aquella mujer, pero sin éxito. Asustada, traté de llamar la atención de la gente que estaba en la misma estancia, pero nadie parecía percatarse de mi presencia, nadie salvo aquel chiquillo. ¿Acaso era invisible? Nerviosa, decidí buscarle por toda la planta hasta que di con él.
-Hola. Dije deseando oír su respuesta.
-Hola señora sin sombra.
-¿Puedes verme?
-Sí, claro. Contestó el crío sorprendido por mi pregunta
-¿Con quién hablas? Le preguntó su madre.
-Con una señora. Contestó el muchacho sin darle mayor importancia.
-Miguel, te tengo dicho que no me gusta que digas mentiras. La próxima vez, te castigo sin televisión.
Entonces, el niño, que adoraba ver dibujos en la tele, enmudeció.
Desperada, decidí que lo mejor que podía hacer era regresar a la habitación en la que me había despertado. Era posible que el doctor me estuviera buscando y que hubiese una explicación lógica para todo aquello. Lo que me estaba pasando era por impaciente.
Descendí por las escaleras a toda prisa y corrí por los pasillos hasta llegar nuevamente a la habitación. Entonces, aterrorizada pude leer el cartel que lucía encima de la puerta.
“Depósito de cadáveres”
Aquello no podía ser cierto, tenía que haber algún error. Nuevamente abrí aquella puerta pero esta vez, el miedo me paralizaba. La crucé lentamente y tras ella, tumbada en una camilla, pude ver el cuerpo inerte y sin vida de una mujer blanca de mediana edad; mi cuerpo.
woody y allen
Hace 4 horas





