miércoles 18 de noviembre de 2009

Escuela de Vampiros

-Buenos días a todos y bienvenidos a la escuela Glóbulos rojos para vampiros. Dijo la profesora al entrar en aquella aula repleta de jóvenes e inexpertos secuaces.
-Buenos días. Contestaron todos a coro.
- Están ustedes en la clase de formación básica. Durante este cursillo profundizaremos en tres módulos básicos. El primero lo destinaremos a la supervivencia, el segundo a la caza y el tercero pero no menos importante, a la etiqueta y el saber estar. Para tener el título oficial de vampiro hay que superar cada uno de estos módulos y las correspondientes prácticas. ¿Alguna duda?

Uno de los alumnos levantó la mano.

-¿Sí? Dígame señor Everet. Respondió la profesora señalando al alumno.
-¿Es posible elegir el destino de las prácticas?
-No. Los destinos se conceden al azar. Sino todos querrían ir a Transilvania y la familia Drácula ya está a tope. ¿Alguna pregunta más?

Viendo el silencio de la sala la profesora Vera siguió con la lección.

-Empezaremos con la supervivencia. Todo vampiro debe saber cuáles son las normas básicas para seguir vivo. A continuación las enumeraré y las explicaré y luego, os pondré casos prácticos. Las principales normas son:

1. Los vampiros dormimos de día. La luz del sol nos quema y nos mata y por tanto, debemos tener un refugio donde guarecernos del sol mientras dormimos, plácidamente. Aún recuerdo el celebre caso de un estudiante de este centro que, tras una borrachera, confundió su ataúd con una maquina de rayos UVA. El final de esta historia no es difícil de imaginar. Sólo quedó un vampiro chamuscado.

2. Los vampiros no soportamos el ajo, es más, el ajo puede acabar con nuestra vida. Así que, hagan el favor de comprobar los ingredientes de los platos cuando vayan a un restaurante. No se pueden imaginar cuantos vampiros han muerto absurdamente tomando unas gambas al ajillo, o unas setas salteadas.

3. Los vampiros no soportamos ni las cruces, ni el agua bendita. Por tanto, si deciden entrar en una iglesia, recuerden que no es aconsejable santiguarse con el agua bendita de la pica bautismal y tampoco hace falta que comulguen. Guarden los cumplidos y el saber estar para otra ocasión. Hay unos cuantos colegas suyos tan eruditos, que llevan la forma de la cruz marcada en su frente de por vida, o el paladar achicharrado.

4. Los espejos. Cómo supongo saben, los vampiros no nos reflejamos en los espejos así que, es aconsejable no ponerse enfrente de ellos. En primer lugar, porque no queremos llamar la atención y en segundo lugar, porque nos pondríamos en peligro al descubrir nuestra naturaleza.

5. Recuerden, sí, son inmortales salvo si les clavan una estaca en el pecho; pero no hace falta hacer alarde de ello. Espero que este curso no me lleguen noticias del tipo de: “Un hombre se tira desde un puente de más de cinco metro de altura y sobrevive, milagrosamente, sin un rasguño tras ser arrollado por un trailer” Se supone que debemos pasar desapercibidos, no dar la nota.

6. Por último, ningún vampiro puede matar a otro salvo que sea de mayor rango y lo desafíe para asumir el lideraje del clan. Si eso se incumple el vampiro culpable será proscrito, o condenado a muerte. Y les aviso, no sirve de nada decir aquello de “yo no quería, fue un accidente, el me clavo primero el colmillo...”

¿Tienen ustedes alguna pregunta?
-¿Y si un día le doy un beso a una chica y ha comido ajo? Preguntó un chico al fondo de la sala.

Vera suspiró con resignación. Ya había empezado, como cada año, el ciclo de preguntas idiotas y absurdas.

-Limítese a confraternizar con los de su especie y no tendrá esos problemas.
-¿Y si alguien me rocía con agua bendita? Insistió el mismo muchacho.
-¡Señor Sean! ¡La gente no va por la calle rociando al personal con agua bendita!

Tras una pausa de un segundo, Vera dio paso a una muchacha que levantaba también la mano.

-Y digo yo ¿Todavía no han encontrado un remedio para lo de los espejos?
-¿Remedio?
-Sí, es que peinarse y maquillarse sin verse la cara es un poco jodido.
Visto lo absurdo de la pregunta, Vera contorneó la cabeza en señal de desaprobación y no se molestó ni en contestar. Entonces otra chica levantó la mano y preguntó:
-¿Y si nos disparan con una bala de plata?
-¡Las balas de plata sólo matan a los hombres lobo! Parece mentira que lleguen a la escuela sin haber adquirido los conocimientos más básicos. Respondió Vera indignada.
-Bueno. Ahora voy a poneros casos prácticos y veremos si habéis entendido la lección.
Imaginemos que os invitan a comer a casa de vuestro jefe. De primero hay revuelto de ajos tiernos. ¿Qué hacéis?

Sin ni tan siquiera esperar a que la profesora le diera la palabra, un chico de la tercera fila se precipitó.

-Me lo podría en la boca, iría al baño y lo tiraría en la taza.

Vera se llevó las manos a la cara en señal de desesperación.

-Muy bien... un vampiro menos. Acaba usted de quemarse como mínimo la boca, la lengua y la garganta. Nunca, repito nunca, se pongan nada que pueda ser tóxico en la boca. La respuesta correcta sería declinar probar el plato, alegando alergia al ajo.
-¿Y si me lo pongo en el bolsillo de la chaqueta?
-¿Acaso tiene una mano a prueba de ajos? Preguntó la mujer algo nerviosa.

Se hizo un tenso silencio y Vera prosiguió.

-Bien, vamos a por el segundo caso práctico. Estamos lejos de nuestra guarida y está a punto de amanecer. ¿Qué harían?
-Ponerme una visera y unas gafas de sol. Contestó una de las chicas de la primera fila.
-¡Pero será animal! Ya tenemos otro vampiro menos y a este ritmo me quedo sola.
-¿Y si cojo un paraguas? Insistió la chiquilla.
-¡¡¡¡Uuuffffff!!!!! Dijo resoplando la profesora tratando de contenerse. La respuesta correcta es buscar un sótano, un metro o algo similar y esperar a que anochezca. Creo que por hoy lo vamos a dejar aquí. Nos vemos mañana. Dijo la mujer algo desesperada por la torpeza de sus alumnos.

A la mañana siguiente, Vera prosiguió con la lección.

-Buenos días a todos. Ayer terminamos el módulo de supervivencia y hoy vamos a hablar de la caza. Todos los vampiros debemos aprender a cazar para alimentarnos sin embargo, hay una serie de normas que debemos preservar para no salir perjudicados:

1. Nunca cazar en nuestro entorno cercano. En cuanto empiecen a darse casos de mordeduras de vampiro cerca de nuestra casa, o en nuestro círculo de amistades, podemos pasar a ser sospechosos. Os recuerdo que ante todo debemos pasar desapercibidos. Además, no es de muy buen gusto el ir por ahí mordiendo a los amigos y por otro lado, resulta algo engorroso quedarse sin portera o sin mujer de la limpieza. Es más práctico irse a cazar lejos de casa.

2. Las mordeduras deben ser limpias y en un lateral del cuello. Si mordemos la Aorta vamos a desangrar a la víctima inútilmente, además de mancharnos. Si queréis, al final de la clase podréis practicar con un maniquí.

De pronto, uno de los alumnos interrumpió.

-¿Y si mordemos en otra parte del cuerpo como un brazo, una pierna...?
-¿Sabe usted cuántos mordiscos son necesarios para obtener la suficiente sangre mordiendo una pierna? ¿Acaso quiere convertir a su víctima en un colador?

Una risotada generalizada sonó en el aula. Vera siguió con la clase.

3. Hay que tratar de no llevarse la cena a casa. Ya sé que es muy cómodo estar con pijama, tranquilamente en el sofá de casa y darle un bocado al invitado de turno pero... deben recordar que esto no es como el Telepizza. Al final, si la comida viene a casa, acabarán por pillarles.

4. Las reservas y la conservación. Hay que aprender a envasar raciones de sangre al vacío, para épocas de crisis. No todos los días somos capaces de cazar, pero necesitamos sangre a diario. De todas formas, si van a llevar invitados a casa traten de tener la sangre en una nevera independiente. Si algún invitado abre su nevera en busca de un refresco y se encuentra con tan anómalo arsenal, puede estallar el pánico. Aún me acuerdo del famoso caso de un vampiro que en Navidad, se le fue la olla y a falta de reservas para realizar su magnifico ponche de sangre y arándanos, decidió atracar el banco de donantes del Hospital Central. Salió hasta en vampiro 5 TV “Vampiro con síndrome a abstinencia asalta el Hospital en busca de sangre”

¿Alguna pregunta? Se hizo el silencio.Bien, viendo que no hay preguntas pasaremos al caso práctico. Imagínense que están desesperados y muertos de hambre y no encuentran caza, ni tienen reservas. ¿Qué harían?

Un chico levantó tímidamente la mano.

-¿Vaciar el cubo de las compresas y tampax de un baño público?
-¡¡¡Dios Santo!!! Exclamó al profesora con expresión de asco y sobrepasada por aquella respuesta.
-¿Morder a un perro, a un gato, a una rata...? Contestó otra alumna.
-¿Y si me corto la venas y chupo de mi sangre? Añadió otro chico.
-¡¡¡¡Basta!!!! ¿Es que os habéis propuesto batir el récord de tonterías por minuto?

Agotada y acalorada Vera se sentó un minuto y tomó aire.

-Sinceramente, ¿A nadie se le ha ocurrido la opción de pedir prestada sangre a un compañero?, ¿No era más fácil que todas las barbaridades que han dicho?

Todos se miraron sorprendidos por aquella respuesta.

-Último tema. Apuntó Vera extenuada por aquella clase. Vamos a hablar de la etiqueta. Verán señores, somos vampiros, no payasos, drak queens o transformistas. Yo recomiendo ir vestido como el resto de los mortales. Esa es la mejor forma de pasar desapercibidos. No hace falta pintarse los ojos de negro, ni ponerse lentillas rojas, ni enfundarse en un smoking con capa negra y roja, ni engominarse el pelo al estilo de Boris Karloff. Por cierto, antes de acabar la clase, un último consejo. Recuerden una cosa, los vampiros no vuelan, sólo vuelan los murciélagos. Si todavía no saben convertirse en murciélago, no traten de volar. Lo digo porque cada año tenemos que desincrustar del jardín a algún energúmeno que ha decidido hacer prácticas de vuelo ataviado con una capa a lo superman desde el terrado de la escuela. Ah! Y otra cosa más. Están terminantemente prohibidas las novatadas. Nada de cambiar las bolsas de sangre de la cocina por tinte rojo, nada de estacas falsas, o de llenar las habitaciones de cruces. ¿Queda claro?

domingo 15 de noviembre de 2009

Pesadillas

Otra noche más, Alicia se levantó sobresaltada de la cama al oír los gritos desesperados de Bruno. Hacía ya meses que Bruno sufría intensas y horribles pesadillas y su madre, no sabía que más podía hacer por tranquilizarle. Asustado por los supuestos monstruos que dormían bajo la cama y dentro de su armario, Bruno era incapaz de dormir una sola noche entera. La hora de irse a la cama se había convertido, a sus seis años, en un auténtico calvario tanto para el, como para sus padres. Aquella noche, no iba a ser diferente a las demás y Alicia, medio dormida, avanzó por el pasillo hasta la habitación de su hijo.
-Amor, amor…despierta, tan sólo es un pesadilla. Dijo Alicia sentada en la cama acariciando a su pequeño.

Entre gritos y completamente sudado, Bruno abrió los ojos y miró a su alrededor.

-¡Estaban ahí mamá, como cada noche! Exclamó el pequeño con sus ojos humedecidos por las lágrimas.
-Bruno, aquí no hay nadie salvo tú y yo.
-Cuando tu llegas desaparecen, pero te prometo que están ahí.
-Está bien, voy a mirar todos lados, para que veas que no están.

Mientras Alicia miraba de arriba abajo toda la habitación, Bruno esperaba sentado en su cama.

-Mamá.
-Dime.
-¿Se me pueden llevar?
-¡Que tontería es esa!
-Es que hoy me han dicho que van a llevarme con ellos.
Por un momento, Alicia se inquietó pero después, recuperando la cordura contestó:

-Eso es del todo imposible.

Luego, como todas las noches, Alicia arropó a Bruno y dejó la pequeña luz del pasillo encendida. Desde que aquellas pesadillas habían aparecido, su hijo no soportaba dormir a oscuras. Luego, regresó a su cama y trató de conciliar nuevamente el sueño. Sin embargo, las últimas palabras de su hijo no dejaban de dar vueltas en su mente. ¿Y si había algo que ella no podía ver?

A la mañana siguiente, harta de psicólogos y de soluciones estériles, Alicia decidió consultar a otro tipo de experto; al propietario de la librería esotérica de la población.
-Los monstruos, los ogros y demás imaginería fantástica no existe, pero existen otras cosas que no podemos explicar.
-¿Cómo qué? Preguntó Alicia intrigada.
-Algunas veces, hay entes descarnados que a ojos de los niños se manifiestan con formas por ellos reconocibles. Quizás, lo que su hijo ve no sean monstruos, sino almas descarnadas en busca de luz.
-¿Luz?
-Sí luz, energía vital. Algo que los niños emiten en exceso y de lo que ellos adolecen.
-¿Pueden esas almas llevárselo?
-No es lo más habitual pero existe algún precedente. Recuerdo hace años en Italia el caso de Amanda Cruse, una adolescente que tras realizar una ouija con sus amigas desapareció de la faz de la tierra.
-Pero una cosa es que desapareciera y otra que fuera fruto de “entes”.
-Sí, por supuesto, salvo porque a la semana empezó a comunicarse con su familia a través del ordenador.
-¿Cómo?
-Como lo oye. Fue el primer caso de mails enviados desde otra dimensión.
-¿Y no podía enviarlos ella misma desde otro país?
-No. Se registraron los mail para identificar la IP desde la que fueron enviados y no hubo forma de hallar ninguna. Era como si los mails se hubiesen autogenerado en el propio ordenador. Pero, por si quedaba alguna duda, la chica dio a su familia datos de gente que estaba con ella, para que verificasen que estaban muertos, incluso datos que sólo la familia del difunto podía saber.
-¿Y qué ocurrió con la chica?
-Un día dejó de comunicarse y nunca se volvió a saber de ella.
-¡Dios!
-Fue horrible
-¿Cómo puedo saber si algo así ocurre en mi casa?
-Es difícil.

Debían ser las cinco de la mañana cuando un chillido agudo la despertó. Alicia se incorporó nuevamente y, sin dudarlo, se fue hasta la habitación de Bruno. Sin embargo, nada la había preparado para lo que vio al entrar a la habitación. Todos los objetos de aquel cuarto parecían haber cobrado vida propia. Las luces, los objetos y hasta los muebles habían iniciado una especie de danza macabra cuyos hilos debía mover algún ente invisible, al menos, a sus ojos. ¿Dónde estaba Bruno? Se preguntó aterrada ante aquel dantesco espectáculo. Miró por toda la habitación mientras, en pleno ataque de histeria, llamaba a su marido. Entonces, en algún lugar fuera de la habitación, oyó la débil voz de su hijo que la llamaba. Nerviosa, Alicia se asomó a la ventana para descubrir que Bruno estaba en los brazos de un ser extraño, un ser que, agarrado al tronco de la encina del jardín, mantenía a su hijo suspendido en el aire, mientras el pequeño, aterrorizado, aleteaba sus brazos tratando de escapar. De pronto, el ser desapareció como por arte de magia y Bruno con él. Alicia y Juanjo buscaron durante toda la noche a su hijo; primero solos y luego con la ayuda de la policía. Bruno no apareció.
-¿Y dice usted que ese ser era de color marrón y que media unos 70 u 80centímetros a lo sumo? Preguntó el propietario de la librería esotérica.
-Sí era un ser enjuto y horrible. Exclamó Alicia.
-Y luego desapareció….
-Efectivamente.
-Si no fuese porque no existen juraría que me habla de un duende.
-¿Cómo dice?, ¿Un qué…?

Jaime tomó del estante superior un libro grande y polvoriento. Luego lo abrió y le mostró a Alicia una ilustración de un duende.

-¿Fue esto lo que usted vio?
-¡Dios! Sí, ese es el engendro del que le hablaba.
-Esto se sale de lo corriente y de lo razonable. Dijo el hombre no dando vueltas de un lado a otro de la trastienda. ¡Los duendes no existen!
-Yo no sé si existen o no, pero lo que yo vi, se parece mucho a eso.

Rascándose la cabeza en señal de desconcierto, Jaime leyó atentamente en voz alta lo que aquel viejo Bestiario decía acerca de aquellos seres.

“Su altura puede ser desde 25 cm hasta metro y medio y medio aproximadamente, pero la mayoría miden entre 30 y 70 cm. Su aspecto es bajito y rechoncho, sus piernas son cortas y arqueadas (casi idénticas a un palo), los brazos son largos al igual que sus manos y sus dedos alargados y finos. El color de su piel es marrón, su nariz es larga y delgada, de orejas puntiagudas, sus ojos grandes y negros. Son extremadamente desconfiados y pueden vivir indistintamente en cualquier lugar que ellos elijan, aunque son muy selectos con el sitio en donde van a crear su hogar. Suelen vivir debajo de una zarza, de un roble, en una cueva ó en las ruinas de cualquier fortaleza ya abandonada. No les gusta tener contacto con los humanos, se enfurecen y pueden llegar a ser peligrosos. No toleran una invasión de los humanos en su terreno y menos cerca de sus hogares, que es donde se encuentran sus familias; a no ser que ellos lo permitan por alguna circunstancia en especial. Si se sienten amenazados puede ser muy agresivos.”

-Pero si como dice el libro odian a los humanos, ¿Para qué iban a llevarse a mi hijo?
-Cómo rehén. Afirmó una voz detrás de la puerta que daba a la librería.
Ambos se asomaron para ver de quien era aquella voz. Tras la puerta, un chico joven de aspecto algo siniestro les miraba con cara de circunstancias.

-Perdón por la intromisión pero no pude evitar oírles y si de algo sé y mucho, es sobre esos seres. Dijo Pedro.
-¿Por qué dices que como rehén? Preguntó Jaime.
-Muy fácil. Ellos odian a los hombres. La única razón para raptar a un niño, es negociar o reclamar algo.
-¡Dios santo! Exclamó Alicia.
-¿Reclamar qué? Preguntó Jaime
-Dígame, ¿dónde vive usted?
-Pues en una casa aislada en la ladera derecha del Saladar de Agramón.
-¡Aja!
-¿Aja?
-¿Es una casa nueva?
-Sí, compramos el terreno hace dos años y la mandamos construir.
-Todo cuadra…
-No entiendo.
-Vive usted en mitad de la naturaleza y a bien seguro que su casa invadió un espacio que antaño perteneció a los duendes.
-¿Cómo dices?
-Si su casa está en los lindes o en medio de un terreno que les pertenece, tenga claro que no pararán hasta que se vayan. ¿Quiere recuperar a su hijo?
-¡Pues claro! ¿Qué pregunta es esa?
-Pues destruya la casa.
-Pero, ¿Qué majadería…?
-Lo que dice el muchacho tiene su lógica, pero debe haber otra solución. Apuntó Jaime.
-Habría que negociar y como ellos no es fácil…
-Ayúdanos por favor. Suplicó Alicia.
-Está bien. Llévame a donde todo esto empezó.
-Yo también os acompaño. Dijo Jaime cogiendo las llaves de la tienda.

Una vez en la casa y tras explicarle a Juanjo todo lo sabían sobre aquel ser, Pedro les contó algunas cosas más sobre los duendes.

-Veréis, hay un par de cosas que nos pueden ayudar. Adoran comer, beber y las joyas u objetos preciosos. Esa puede ser una forma de atraerlos hasta aquí. Por otro lado, poseen diversos dones mágicos, como el de ser invisibles, pero esos dones desaparecen frente a algo tan insignificante como un trébol de cuatro hojas.
-No puedo creer que estemos hablando en serio. Exclamó Juanjo mirándolos a todos con asombro e indignación. Tu hijo desaparece y tú te dedicas a hablar de duendes y hadas.
-Yo sé lo que vi y te aseguro que no era de este mundo. Contestó Alicia dolida por aquella afirmación. Y además, yo al menos hago algo. ¿Qué has hecho tú desde que Bruno desapareció?

Sin cruzar más palabras, Juanjo cogió las llaves del coche y se marchó enfurecido.

-¿Y ahora qué? Preguntó Alicia tratando de olvidar lo sucedido.
-Bien. Primero deberíamos comprar tréboles de cuatro hojas.
-Conozco un centro de jardinería que los vende en macetas. Añadió Jaime.
-Perfecto. Una vez los tengamos, llenaremos la entrada de la casa de ricos manjares, licores y vino y rodearemos la zona con los tréboles. Sólo nos quedará esperar.
-¿Y luego? Preguntó Alicia.
-Deberemos atrapar al menos a uno. Es la única forma en que podemos negociar.

Pasaron cerca de tres horas y todo seguía en calma. Todos se empezaban a impacientar.
Sin embargo, cuando estaban a punto de darse por vencidos, algo imperceptible al ojo humano sacudió ligeramente las ramas de los arbustos que rodeaban la finca.

-¡Atentos! Susurró Pedro.

Tal y como Pedro sospechaba, tan pronto como aquello sobrepasó el umbral donde habían colocado los tréboles, un extraño y enjuto ser se hizo visible ante sus ojos. Sin dudarlo, y ante los ojos atónitos de Alicia, Pedro y Jaime se lanzaron a por él. Pese a tratar de defenderse, aquel horrible y pequeño monstruo no pudo escapar.

-¡Soltadme, soltadme! Exclamó aquella criatura.
-¡Cuando vosotros soltéis a Bruno! Contestó Alicia saliendo del trance en el que se había quedado inmersa.
-La culpa es vuestra, vosotros destrozasteis nuestro hogar. ¿Quién os mandaba venir? Dijo aquel ser enfurecido.
-¿Y si llegaseis a un acuerdo? Preguntó Pedro.
-¿Acuerdo? Preguntó sorprendido el duende.
-¿A cambio de qué devolveríais a Bruno? Interrumpió Alicia.
-Uummmm…de que abandonéis la casa. Contestó con voz seca y tajante.
-Eso no es negociar. Apuntó Alicia acercándose a aquella alimaña. ¿Y si os asegurase comida y bebida a diario? ¿Podríamos convivir en paz?

El duende miró con recelo a Alicia.

-Eso no es suficiente. Además ¡Quiero mi encina!... ¡mi encina!
-¿Tu encina? Preguntó Jaime.
-Sí, ese viejo árbol es mi hogar. Cuando ellos llegaron nos tuvimos que mudar.

Los tres miraron perplejos aquel árbol.

-Tuyo es. Contestó Alicia sin dudarlo.

Esa misma tarde, Bruno, que no recordaba nada de lo ocurrido, volvió a casa y Alicia cumplió lo prometido. Esa misma noche, Alicia contó lo ocurrido a Juanjo y este, aunque escéptico, viendo a su hijo de vuelta en casa, decidió ayudar a Alicia a vallar la vieja encina de modo que quedase fuera del terreno. Desde entonces, cada noche Alicia dejaba al lado de la verja una bandeja llena de comida y de vino que, a la mañana siguiente, aparecía completamente vacía. Nunca más volvieron a ver a los duendes, sin embargo, desde entonces, el jardín luce un hermoso y espeso césped a base de tréboles.