martes 2 de febrero de 2010

Sombra

Jamás olvidaré el día en que perdí mi sombra. Sí, mi sombra, esa cosa inútil que nos acompaña a todas partes y a la que no prestamos ni la más mínima atención. Esa prolongación fantasmagórica de nuestro cuerpo, que la luz provoca y la oscuridad engulle. ¿Quién me iba a decir que semejante tontería iba a marcar un antes y un después en mi existencia? Pues desgraciadamente, así fue.

Aquella fría mañana de enero me dirigí al metro como cada día para ir a trabajar. Los vagones, sucios y abarrotados de gente, impregnaban la ropa de un vomitivo olor a humanidad. Como cada mañana, los empujones para entrar y salir del metro terminaron por despertarme del letargo en el que aún andaba inmersa. Bajé del vagón y viendo en el reloj de la estación que llegaba tarde, empecé a correr en dirección a las escalera. Sabía que si volvía a retrasarme podía ganarme una sanción. Fue entonces cuando tropecé con aquel mendigo. Sus piernas, tendidas a lo largo del andén, propiciaron mi caída. Enfadado y claramente alterado, aquel hombre se levantó del suelo y sin mediar palabra me asestó una cuchillada en pleno abdomen, dándose a la fuga un segundo después. Aquello no podía estar pasándome realmente, pensé. Fuera del dolor agudo que sentí cuando el filo de aquel cuchillo me atravesó, la sensaciones posteriores no fueron para nada tan intensas como hubiese cabido imaginar. Tan sólo una desagradable sensación de escozor y un intenso frío se apoderaron de mí. Afortunadamente, la ambulancia no tardó en llegar.

Apenas recuerdo todo lo que aconteció después. Imagino que la perdida de sangre me llevó posiblemente a la inconsciencia. Cuando desperté sobre aquella fría camilla del hospital estaba sola. A diferencia del dolor y malestar posterior que había sentido en la estación, ahora me sentía bien, como siempre. Esa era una buena señal, pensé. A bien seguro que ya habrían cosido la herida y mi organismo volvía a estar en perfecto estado de revista. ¿Cuánto tiempo debí estar inconsciente? Recordé que en algunos casos, los pacientes eran capaces de pasar varios días en estados semi comatosos. De ser así, no era de extrañar que ya no sintiese ningún tipo de dolor ni de molestia. Harta de esperar que alguien acudiese a aquella extraña habitación, decidí incorporarme y salir al pasillo en busca de alguna enfermera. Pero, para mi sorpresa, en aquella planta parecía no haber nadie. Aquello parecía ser el sótano del hospital. Sin ningún tipo de reparo al respecto, tomé el ascensor y subí a la planta baja.

-¿Por qué no tienes sombra? Preguntó una vocecita tras de mí.
-¿Sombra?
-Sí, sombra. Repitió aquella criatura.

Miré tras de mi sorprendido por aquella curiosa afirmación. ¿Cómo no iba a tener sombra? ¿Qué clase de tontería era esa? Observé atentamente el suelo a mi alrededor pero, al igual que aquel niño, no fui capaz de dar con mi sombra. ¿Cómo era eso posible? Menuda tontería, pensé. Seguro que existía una explicación para semejante majadería. Además, lo importante en ese momento era encontrar a alguna enfermera que pudiese informarme de mi estado. Sin prestar demasiada atención a aquel niño retomé mi objetivo. Entretanto, la madre de la criatura lo alejaba de allí tomándolo de la mano.

Mientras yo seguía con mi periplo por la recepción del centro, una serie de preguntas y dudas empezaron a dar vueltas por mi cabeza. ¿Qué significaría no tener sombra? ¿Qué era exactamente la sombra? La sombra no es más que la imagen oscura que proyecta un cuerpo opaco sobre una superficie, al interceptar los rayos de luz, pensé. Era incapaz de pensar en una situación en la que un ser humano no proyectase una sombra ¿Acaso mi cuerpo había dejado de ser opaco? Definitivamente, aquellas estúpidas preguntas no iban a llevarme a ningún lado.

En aquel instante, una enfermera cruzó la sala y yo fui a su encuentro. Me acerqué por detrás y le dije:

-Disculpe, verá, yo estaba abajo en una habitación y ...

Viendo que aquella mujer hacía caso omiso a mis explicaciones, opté por llamar su atención tocando suavemente su hombro pero, para mi estupor, mi mano atravesó por completo su cuerpo. Una tremenda sensación de angustia recorrió mis entrañas. ¿Qué es lo que estaba pasando? Nuevamente, traté de tocar a aquella mujer, pero sin éxito. Asustada, traté de llamar la atención de la gente que estaba en la misma estancia, pero nadie parecía percatarse de mi presencia, nadie salvo aquel chiquillo. ¿Acaso era invisible? Nerviosa, decidí buscarle por toda la planta hasta que di con él.

-Hola. Dije deseando oír su respuesta.
-Hola señora sin sombra.
-¿Puedes verme?
-Sí, claro. Contestó el crío sorprendido por mi pregunta
-¿Con quién hablas? Le preguntó su madre.
-Con una señora. Contestó el muchacho sin darle mayor importancia.
-Miguel, te tengo dicho que no me gusta que digas mentiras. La próxima vez, te castigo sin televisión.

Entonces, el niño, que adoraba ver dibujos en la tele, enmudeció.

Desperada, decidí que lo mejor que podía hacer era regresar a la habitación en la que me había despertado. Era posible que el doctor me estuviera buscando y que hubiese una explicación lógica para todo aquello. Lo que me estaba pasando era por impaciente.

Descendí por las escaleras a toda prisa y corrí por los pasillos hasta llegar nuevamente a la habitación. Entonces, aterrorizada pude leer el cartel que lucía encima de la puerta.

“Depósito de cadáveres”

Aquello no podía ser cierto, tenía que haber algún error. Nuevamente abrí aquella puerta pero esta vez, el miedo me paralizaba. La crucé lentamente y tras ella, tumbada en una camilla, pude ver el cuerpo inerte y sin vida de una mujer blanca de mediana edad; mi cuerpo.

jueves 21 de enero de 2010

Ana



Como cada sábado Brandon llegó montado en su moto a la puerta de la discoteca. A sus veintidós años estaba acostumbrado a que todas las niñas se volviesen locas al verle llegar. Las horas de gimnasio y una naturaleza ciertamente privilegiada, le habían convertido en uno de los chicos más populares del momento. Se quitó el casco y miró a su alrededor buscando nuevas víctimas con las que saciar su ego. Allí estaba ella, con su blanco y etéreo vestido de gasa, apoyada en uno de los muros de la sala. Era un chica distinta a las demás. Su tez pálida y angelical, sus largos y hermosos cabellos rubios y aquellos ojos turquesa que parecían esculpidos con un puñado de mar, le deslumbraron. A diferencia del resto de chicas, aquel ángel parecía no percatarse de su presencia. La siguió hasta el interior de la sala y armándose de valor, se acercó a ella. Enseguida surgió el flechazo y tras pasarse toda la noche bailando y hablando, Brandon se ofreció para acompañarla a su casa. Por primera vez en mucho tiempo, Brandon sitió que acababa de conocer a una mujer que realmente le podía interesar.

Al fin de semana siguiente Ana y Brandon se volvieron a ver en el mismo lugar. Sin embargo, esta vez Brandon se percató de que Ana en ambas ocasiones estaba sola y empezó a hacerle preguntas que parecieron incomodarla. ¿Cómo había llegado hasta la discoteca sin medio de trasporte?, ¿Desde cuándo una chica iba sola, sin amigas o amigos a un local? Ana esquivó hábilmente las preguntas, pero Brandon se percató de que había algo extraño en aquella chica, algo que le hacía desconfiar. Pasaron las horas y nuevamente Brandon la acompañó hasta su casa, esperando volverla a ver. A diferencia de lo que hubiese hecho otras muchas veces, Brandon no trató de besarla y aún menos de propasarse con ella; esta vez la chica le importaba de verdad y quería hacer las cosas bien.

Cuando Ana ya se disponía a entrar en su casa, miró a Brandon de reojo y, con una sonrisa pícara, retrocedió hasta donde el estaba. Luego, agarrándolo con dulzura por el cuello, le besó. Brandon, que no salía de su asombro, sintió de un remolino de emociones hasta entonces desconocidas, le embargaba. Entonces ella, tomando sus manos entre las suyas le dijo:

-Tu no eres como los demás. Que lástima que no te conociese antes.

Sin darle apenas tiempo a pronunciar una sola palabra, Ana entró en la casa.

Pasaron dos largas semanas y Brandon, viendo que Ana no aparecía nuevamente por la discoteca, decidió ir a buscarla. Aquella chica había conseguido despertar algo en él y no iba a dejar que se le escapase tan fácilmente. Sin embargo, aquella tarde, el camino hasta la casa le pareció más abrupto y selvático que las últimas veces. Parecía como si hiciera mucho tiempo que nadie podaba los árboles, ni arrancaba las malas hierbas. Pero su sorpresa iba a ser aún mayor al descubrir que, la bonita casa donde vivía Ana, no era más que una vieja y decrépita casa en ruinas. Sorprendido, Brandon descendió de la moto y sin dar crédito a lo que sus ojos le mostraban, entró en aquella casa tratando de hallar una explicación. Tan sólo entrar un fuerte y desagradable olor le impactó. La casa estaba destrozada, llena de cascotes y muebles rotos, como si llevase años deshabitada. Con cuidado, fue avanzando por los pasillos mientras que su desconcierto y aquel nauseabundo olor iban en aumento. Fue en ese instante que, al entrar en lo que un día fue una habitación, encontró varios restos de cuerpos en claro estado de descomposición. Asustando, Brandon salió corriendo de la casa y llamó a la policía.

Una vez en comisaría Brandon trató de explicar lo que había ocurrido y porque había ido hasta aquel lugar. Sin embargo, al explicar aquella rocambolesca historia, nadie le creyó. Nadie salvo el viejo detective Logan que, tras oír de refilón la narración del chico, se acercó a él y le dijo:

-¿Hablas de Ana Cuevas?
-¿Perdón? Contestó Brandon.
-La leyenda de Ana es muy conocida en la zona.
-¿La leyenda?
-Sí. Ana Cuevas era una chica guapísima que vivía con su madre en la vieja casa abandonada al sur de Easthill. Una noche, cuando volvía de la discoteca, apareció muerta en un descampado cercano a la casa. Alguien había abusado de ella y la había asfixiando después. Nunca se encontró al culpable. Tras aquello su madre cerró al casa y se fue para siempre del pueblo. La leyenda dice que Ana pasa las noches buscando chicos que, como aquel, quieran abusar de ella para matarlos, pero lo cierto es que jamás había conocido a nadie que afirmara haberse encontrado con ella.

Brandon no podía creer lo que estaba oyendo. Entonces Logan entró en su ordenador y, para sorpresa de Brandon, le enseño el expediente del asesinato.

-¡No, no es posible! Exclamó Brandon impresionado por las imágenes. ¡Ana está viva, yo la ví!
-Si no me crees, compruébalo por ti mismo. Ana está enterrada en el cementerio local.

Brandon salió de allí y se fue directo al cementerio. Necesitaba verificar aquello y no tardó demasiado en toparse con la cruda realidad. Allí, en su lápida, una foto de Ana le demostraba que efectivamente, Ana estaba muerta. Con los ojos repletos de lágrimas, Brandon no podía dar crédito a lo que le estaba pasando. Entonces, una mano se posó sobre su hombro y la voz de Ana sonó nuevamente para él:
-Gracias por enseñarme que no todos los chicos son iguales. Ahora sí que puedo descansar en paz.

Cuando Brandon giró la cabeza, Ana se desvaneció como si de niebla se tratase.

Pasaron los días y por fin las autopsias de los chicos encontrados en la casa de Ana vieron la luz. Al parecer, aquellos cuerpos correspondían a los de varios chicos que habían desparecido en la zona durante los últimos años. Por lo visto, las autopsias revelaban que los chicos habían sido misteriosamente asfixiados, mientras se encontraban en actitudes claramente sexuales. Sin embargo, no había ni rastro del posible asesino, ni pista que la policía pudiese seguir. Tan sólo Brandon y Logan sabían a ciencia cierta quién era responsable de aquellas muertes.