martes, 7 de julio de 2009 | By: Laura Falcó

Tormenta


Los truenos, los relámpagos; desde niño le daban auténtico pavor. Era un miedo incomprensible, un miedo primitivo y primario pero, en definitiva, miedo. Las noches tormentosas Joaquín prefería pasarlas en casa. Solía ponerse los cascos con música muy alta y cerraba las persianas para evitar ver los destellos de los rayos. De niño su padre acostumbraba a decirle que llorar no era de hombres y que tener miedo a un mísera tormenta era de niñas cursis y tontas. Ese tipo de conductas fueron las que en vez de solventar un miedo infantil, lo agrandaron. Ahora Joaquín iba una vez a la semana a un psicólogo especialista en fobias.

“Este tipo de miedos si no se tratan a tiempo pueden derivar en agorafobia”, solían decir los psicólogos a los que consultó en primera instancia. Agorafobia; una bonita palabra de origen griego que, traducida al lenguaje común, significa miedo a las multitudes, miedo a la gente y a los espacios abiertos. Esa posibilidad y la insistencia de mi hermana Carla me llevaron a la consulta de Héctor. Sin embargo, habían pasado cerca de dos años y el miedo de Joaquín no mejoraba; más bien empeoraba. Carla intrigada por aquel absurdo pánico le preguntó ya de mayor a su hermano sobre la raíz real de tal temor.

-Tú no sabes que tipo de bestias habitan en las tormentas, tu no las has visto. Una vez que las vez, nunca desaparecen.
-¿Realmente crees en lo que estás diciendo?
-Da gracias a Dios que no puedes verlas, que no vienen a por ti.

Joaquín bajó la mirada y prefirió no seguir hablando. Sólo el sabía la verdad, sólo el había mirado a las bestias directamente a los ojos y había sido capaz de contarlo. Joaquín había aprendido a protegerse, sabía como evitarlos, sabía como vencerlos. Lo que Joaquín desconocía era el porque el podía verlos. Durante mucho tiempo trató de recordar el momento en que aquello empezó a pasarle, pero sin éxito. Hicieron falta varias sesiones de hipnosis regresiva para averiguar la raíz de aquel calvario. Entonces lo recordó. Fue él, su padre y sus famosos y estúpidos relatos de terror. Cuanto le gustaba asustar a los niños con aquellos cuentos. Sólo que aquella vez algo extraño ocurrió. Fue durante el verano de 1976, cuando Carla estaba de acampada de el colegio. Aquella noche...aquel extraño cuento. Pasó más de un año buscando aquel supuesto relato y por fin, logró encontrarlo rebuscando entre los viejos libros de la biblioteca. En la cubierta de libro se podía leer “Tratado de magia negra: hechizos y sortilegios.” En ese instante supo que aquello no era un cuento y que su miedo era desgraciadamente real. ¿Cómo pudo su padre leer aquello a un niño? Se preguntó en una mezcla de sentimientos entre la indignación y la tristeza. Abrió sus páginas y empezó a leer con atención la parte del capítulo dedicado a las bestias y demonios.

“Los demonios de la lluvia:

Lea el texto que viene a continuación en voz alta y mirando a los ojos al sujeto que pretenda embrujar.

En la lluvia habitan seres de otras dimensiones, seres demoníacos que necesitan de los miedos humanos para sobrevivir. Son seres ancestrales encerrados al inicio de los tiempos en un universo paralelo para proteger así a la tierra y a los hombres. Cuando llueve se abre una puerta a otro mundo, una puerta que da paso a todo ese tipo de bestias. Algunas sólo pretenden atemorizarnos, otras roban nuestra energía y las peores, vienen a por nosotros. Los truenos y los relámpagos no son más que una manifestación de su ira, de su fuerza, del mal que pueden infringirnos. Por regla general, los humanos no podemos ver ese universo paralelo y sólo percibimos sus consecuencias: las lluvias, los truenos y los rayos. ¡Pobre de aquel que posea la capacidad de ver ambos mundo! Aquel que ver pudiera, perecer quisiera. Existen tres palabras mágicas que abrirán los ojos a todo aquel que las oyera. Debe saber que si las escucha, si alguien se las recita, ya no hay vuelta atrás. Este responso debe ser usado con prudencia. Las tres palabras son:

Demonium impluvio est “

Joaquín cerró el libro mientras las lágrimas se deslizaban lentamente por sus mejillas. ¿Cómo pudo su padre hacerle algo así? Por un instante quiso pensar que quizás, y sólo quizás, desconociera que aquello no era un relato. Sin embargo, el texto no dejaba ningún lugar a las dudas.

Aquella tarde Joaquín decidió hacerle una vista a su padre. Lo cierto es que desde que le ingresaron en la residencia, Carla era la única que iba a verle a diario. El había tratado de ir al menos una vez al mes pero, a veces, las visitas se distanciaban más de lo debido.
Cuando entró en la habitación Pedro yacía reclinado sobre la mecedora frente al gran ventanal. Desde allí, las vistas del jardín eran francamente relajantes.

- Hola Papá
- Mmmmm. ¿Quién es?
- Soy Joaquín
- Ah, tú. Hola.

Joaquín miró a su padre como posiblemente nunca lo había hecho hasta aquel instante. Un cierto halo de rencor y desprecio le carcomía las entrañas. Nunca había conseguido tener una relación idílica con él. Pedro no había sido ni de lejos el padre modélico con el que un hijo sueña. La relación de Carla era bastante mejor que la suya. Carla era la niña de la ojos del viejo y siempre estuvo especialmente pendiente de ella.

- Papá. ¿Recuerdas este libro? Dijo sosteniendo el viejo tomo entre sus manos.
- ¿Libro...qué libro?
- Este. El que me leíste de niño sobre los demonios de la lluvia. Dijo acercándole el libro.
- Mmmm. No sé, no recuerdo...

Joaquín miró a su padre con detenimiento. Aparentemente. no recordaba nada. Estaba mayor, senil, pensó. Seguramente no lo hizo con maldad, sólo pensó que era un cuento más. Pero, cuando estaba prácticamente convencido de la inocencia del viejo empezó a llover. Primero fueron cuatro gotas, pero pronto el agua empezó a caer a mares. Joaquín se fue sintiendo pequeño y se acurrucó en una esquina de la habitación como solía hacer de niño.

- ¡Pero...no jodas que sigues con ese estúpido miedo a las tormentas! Serás nenaza...jajajaj. Exclamó Pedro.

De pronto, Joaquín se incorporó y sacando fuerzas de flaqueza y lleno de rabia, abrió el libro de hechizos y leyó en voz alta:

-¡ Demonium impluvio est !

En ese instante, Pedro cambio la expresión de su cara. La risa se cortó en seco y dio lugar a una expresión de terror desconocida por él hasta ese día. Por fin Pedro iba a conocer de propia tinta lo que Joaquín llevaba experimentando cerca de cuarenta años.

- ¿Qué pasa nenaza?, ¿Ahora es a ti a quién le da miedo la lluvia? Preguntó Joaquín mientras se dirigía a la puerta de la habitación
- ¡No me dejes solo! ¡Vienen a por mí! Exclamó su padre con el rostro desencajado.
- También vinieron a por mí cuando me leíste este maldito hechizo y tan sólo tenía siete años. Apáñatelas como puedas.


Joaquín salió de la habitación y mientras cerraba tras sí la puerta, pudo ver como aquellas bestias, a las que tanto había temido, devoraban lentamente a su padre.

2 comentarios:

Peter Mathius dijo...

Dicen que conforme nos vamos haciendo más mayores, nos hacemos más frágiles y nos convertimos en Niños Adultos, eso es lo que le pasó a este buen señor, tanto amedrentó de pequeño a su hijo que una vez este creció, le devolvió "La Pelota", más tarde o más Temprano lo que si que es Pura Realidad esque el Destino se ceba en nuestras Carnes por todo aquello que realicemos en nuestra vida maligno, devolviéndonoslo con creces... Todo vuelve a uno, bueno y Malo, en fin.... "Gran y Merecida Lección De Vida"... Me encantó Láura.-

virginia dijo...

Hermoso

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