martes, 27 de noviembre de 2012 | By: Laura Falcó

Cacería

Entró en la sala despacio, expectante, como lo haría un cazador en busca de una presa. Primero dio una batida rápida y luego, fue fijándose en aquellas piezas más llamativas. Sabía perfectamente lo que buscaba, lo que necesitaba. No le valía cualquiera, quería al mejor. Sin dudarlo, seleccionó a un par de ejemplares que cumplían con todos los requisitos. Tenía muy claro cómo hacerlo, cómo seducirlos, cómo llevarlos a su terreno. Probaría primero con el de piel más cetrina, pensó. Los rasgos claros estaban en evidente desventaja según las leyes de Mendel y ella buscaba a un macho alfa.


Apoyada en la barra del bar bebió un par de tragos de su copa y luego, mordiéndose ligueramente el labio, le miró con ojos seductores, con aquella mirada que decía cómeme. Él enseguida se dio cuenta de ello; era difícil no hacerlo. Con aquel físico cualquier hombre caería en su trampa sin apenas darse cuenta. La miró con deseo y tras asegurarse de que no había mal interpretado los signos, se acercó.

-¿Puedo invitarte a una copa? -Preguntó sabiendo que ese era el mínimo peaje que tendría que pagar para acostarse con ella.

-¿En tu casa o en la mía? -Respondió ella directa y dejándole fuera de juego.

-Co, como tu…quieras. -Respondió él sin terminar de creerse que fuera a resultar tan increíblemente sencillo.



Ya en el ascensor, sus labios impacientes, empezaron a descender por su cuello mientras ella, de espaldas a él, trataba de accionar el botón de su piso. Luego, tomó sus manos y las alzó hasta mantenerlas inmóviles contra la pared mientras seguía recorriéndola con su boca. Entonces, ella se giró y él, con sus manos ansiosas, empezó a recorrer sus piernas lentamente, hacia arriba, levantando la falda casi hasta la cintura. Su muslo se clavó entonces decidido entre los suyos y ella sintió la fuerza y el vigor de su hombría que erecta, luchaba por salir de su escondrijo para hundirse en sus entrañas. Sintió que se humedecía y que deseaba sentirle con todas sus fuerzas dentro de su níveo y delicado cuerpo. Había llegado el momento, lo sabía.

El ascensor paró y, comiéndose a besos, más llenos de lujuria que de dulzura, llegaron frente a la puerta de su casa. Entraron y sin apenas poder cerrar la puerta, sintió como la cremallera de su vestido se abría de pronto dejando su cuerpo al descubierto. Con sus varoniles manos perdidas en algún punto de sus nalgas, llegaron hasta la cama no sin antes dejar un reguero de ropa por el camino. Sintió como sus dedos, algo nerviosos e inexpertos, abandonaban las curvas de sus sedientos senos hasta penetrar sutilmente en su valle. Entonces ella agarró entre sus manos, con tiento y decisión, su miembro. El, enfermo de deseo, emitió un sonido gutural cercano al de un animal en pleno celo. Después, inmersos en una vorágine de pasión y locura, el colocó su cuerpo sobre el de ella y cabalgó con ímpetu, durante varios minutos, sobre su cadera. Sudorosos, se dejaron llevar por aquel cúmulo de sensaciones. Entonces ella, le miró con tristeza por última vez, esperando el momento oportuno, el minuto exacto. Había estado bien, pero ya tenía lo que necesitaba y sabía que debía concluir la tarea. Fue entonces, cuando sintió que él se vaciaba por completo, que había cumplido con su misión, que ella se abalanzó sobre él de forma imprevista y violenta. En un acto irreflexivo, rápido y mortal Jane se lanzó a su cuello desgarrándole con sus dientes la vena Aorta. El, paralizado, trataba de comprender lo que estaba pasando.

-Tranquilo, enseguida habrá acabado todo. -Dijo ella mientras se incorporaba orgullosa de su hazaña.

Mientras él se desangraba irremediablemente en la habitación, Jane conectó el televisor del salón y le dio al play del vídeo. En él, imágenes del apareamiento perfecto, el de la mantis; uno sin explicaciones, sin responsabilidades, sin complicaciones, uno dónde la mujer asume el rol de cazadora y de verdugo.

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