miércoles, 22 de julio de 2009 | By: Laura Falcó

La buhardilla


Diez de la mañana. Suena el despertador y Ana se levanta. Medio dormida va primero al baño y luego a la cocina.

- Ana, recuerda que hoy has de ir a El Tiemblo. Dice Jacobo, su marido, mientras Ana toma el desayuno.

Jamás en sus cuarenta años había entrado en aquella buhardilla. Nani, su abuela, la tenía siempre cerrada y nunca dejó que nadie entrase en ella. Posiblemente guardara en ella ropa de cuando era más joven y muchos otros recuerdos que no deseaba que fuese vistos o manoseados por la familia. Tras su muerte, sus dos hijos habían decidido proceder a la venta de la casa y Ana se había responsabilizado de vaciarla. Ese lunes se desplazó hasta El tiemblo, un pequeño pueblo de menos de mil habitantes al sudeste de Ávila, donde residió la mujer durante toda su vida. Quería ver si valía la pena quedarse con algunas cosas antes de vender la casa.

La casa estaba completamente cerrada, se notaba que nadie había pasado por allí desde que Nani murió. Entró y durante unos segundos sintió como si el tiempo se hubiera detenido en aquel recóndito lugar. Los recuerdos se agolpaban en su cabeza. Abrió el secreter de la entrada y vació todos y cada uno de los cajones en busca de la llave. Allí estaba, la llave de la misteriosa y desconocida buhardilla. Cuantas veces de niña soñó con abrir su puerta y descubrir los secretos que se guardaban allí. Subió el último tramo de escaleras y giró lentamente la llave empujando la vieja y ruidosa puerta. Un agudo chirriar acompañó el movimiento mientras una nube de polvo salió a recibirla. Empezó a toser y a frotarse los ojos. Con la mano tapando su boca entró en la habitación. Allí no había estado nadie desde hacía bastante tiempo. Las telarañas y el polvo acumulado sobre las raídas sábanas que cubrían todos los enseres, no dejaban lugar a la duda. Avanzó lentamente hasta el fondo del cuarto sin saber por donde empezar. Caminó hasta la pared donde estaba la pequeña ventana por donde entraba la luz de la tarde y levantó una de aquellas sábanas. Bajo ella pudo ver especie de congelador antiguo.

- ¿Qué es esto? Se preguntó mientras buscaba algún tipo de inscripción o similar.

Observó atentamente cada rincón de aquel congelador en busca de algún dato relevador; pero nada. No sin un cierto recelo trató de abrirlo, pero estaba perfectamente sellado. Siguió entonces levantando una por una el resto de sábanas de la habitación y dejó para el final aquel extraño hallazgo. Sin embargo, bajo todas aquellas sábanas, la escena se repitió; tan sólo había un congelador perfectamente sellado, todos menos dos, que estaban completamente vacíos. Algo contrariada y bastante desconcertada Ana bajó al sótano en busca de alguna herramienta que la ayudase a abrir alguno de aquellos misteriosos congeladores. ¿Estarían vacíos o, por el contrario, hallaría algún resto de comida o algún resto animal en su interior? Ana no alcanzaba a comprender qué hacían aquellos congeladores en casa de su abuela.

Subió nuevamente al ático pero esta vez equipada con un cincel, un martillo y una sierra medio oxidada. Primero, tomó el martillo y golpeó con fuerza uno de los tres candados que cerraban el congelador y luego, con la ayuda del cincel, fue forzando lentamente la tapa. Por fin, la tapa cedió y sujetándola con ambas manos, la abrió. No podía creer lo que estaba viendo. Como si de un sueño se tratase, Ana frotó con ambas manos sus ojos. Dentro de aquella cámara y en estado de perfecta congelación, una réplica casi exacta de su madre pero con unos treinta años menos, la observaba fijamente. Aquello no podía ser real. Nerviosa e intrigada, Ana procedió a abrir uno por uno todos los congeladores. Su padre, su tío, su tía, sus dos primas, su hermana mayor y Jacobo, su marido, yacían en estado de letargo. Todos ellos tenían algo en común, una edad media de unos cuarenta años. Horrorizada y en estado de shock, Ana se sentó en el suelo sin saber qué hacer.

- No debes preocuparte, es normal, es nuestra naturaleza.

Ana se incorporó sobresaltada y miró hacía el umbral de la puerta. Su abuela, que ha juzgar por su apariencia no debía tener más de cuarenta años, la miraba atentamente mientras trataba de hacerle comprender lo que estaba ocurriendo.

- No se nos cuenta lo que somos hasta que alcanzamos los cuarenta. Es a esa edad que debemos generar nuestro primer clon para poder seguir viviendo eternamente.
- ¿Qué?
- Sé que suena extraño pero, dada la atmósfera de este planeta, nuestra vida, al igual que la humana, tiene fecha de caducidad. Nos degeneramos igual que ellos.

Ana empezó a retroceder lentamente hacia el final de la estancia con la cara claramente desencajada.

- ¿Quién eres?, ¿Qué quieres?
- ¡Soy yo, Nani! Sólo que con un cuerpo nuevo y con cuarenta años menos.
- ¡Eso no es posible!
- Sí lo es. La técnica costó la vida a varias generaciones pero al final, lo lograron.
- ¿Técnica?
- Sí, es algo así como un criogenización. Tan sólo debes coger a un feto de tu propia familia en el quinto mes de gestación. Luego se le desangra, se le saca el cerebro y listos.
- ¿Listos?
- Bueno, hay que tenerlo en congelación, hay que estar haciéndole trasfusiones de tu sangre y inoculándole tu ADN una vez al mes hasta que llega el momento.
- ¿El momento? ¿De qué estás hablando?
- Bueno, cuando estamos a punto de morir se transfiere nuestro cerebro al del sujeto.
- ¡Estás loca!
- Ana, un hijo por una nueva vida, es un mal menor. Es tu momento. Estás de cinco meses. Por eso hay un congelador vacío, además del mío.
- ¡¿Qué?!
- ¡Podéis tener más hijos!

Ana miró a su alrededor y empezó a pensar en quien eran originalmente esos seres congelados. Una tía que nunca llegó a conocer, una hermana no nata, un primo que nunca nació... Horrorizada y tratando de dar fin a aquella aberración, Ana trató de volcar uno de los congeladores sin éxito. Cuando levantó la mirada su marido, su madre y su padre había entrado también en la habitación.

- Ana, tranquila, será un momento, ya verás. A mi también me costó tomar la decisión con mi ex-mujer. Dijo Jacobo.
- Ahora viene el médico y te hace una cesárea cielo. Añadió su madre.
- No vas ni a enterarte cariño. Dijo su padre.

Entre todos la sujetaron y la ataron sobre una camilla. Entonces, un hombre con bata blanca se acercó y sonriendo le dijo:

- Tranquila, ahora te voy a dormir. Enseguida habremos acabado...


Diez de la mañana. Suena el despertador y Ana se incorpora sobresaltada. El corazón le late agitadamente, ha tenido una pesadilla, pero tan real... Medio dormida va primero al baño y luego a la cocina.

- Ana, recuerda que hoy has de ir a El Tiemblo. Dice Jacobo mientras Ana toma el desayuno.


Ana empieza a sudar y un escalofrío recorre su espalda. La escena se repite.

1 comentarios:

Peter Mathius dijo...

Madre mia... un espeluznante relato de "Sueños Premonitórios", en los que al final "La Fantasía, se hizo Terrible Realidad"... ¡¡¡ Txapó, buena história !!! :D

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