martes, 8 de diciembre de 2009 | By: Laura Falcó

Odio


Miró hacía el fondo, allí donde estaban las hileras de cipreses. Sabía que había oído un ruido agudo, algo así como un sollozo. Entonces le vio, estaba completamente solo, desorientado y triste; abatido. Con un hilo casi inaudible de voz recorría el jardín y entre lloros llamaba desesperado a su madre y a su padre. Era tan sumamente pequeño, se le veía tan indefenso. Pobre criatura, pensó, no debe tener nadie en este mundo que pueda venir a por él. Tendría a lo sumo tres o cuatro años. No era edad para que la vida le tratase así. Por primera vez en todos aquellos años, algo le preocupaba más que el mismo. Se enterneció y aquel sentimiento por tanto tiempo desterrado, le hizo sentir muy extraño. Por un instante, giró la cabeza y trató de mirar para otro lado. No era su problema, no era la primera vez que evitaba meterse donde no le llamaban, bastante tenía ya con lo suyo. Tantos años lleno odio, de sentimientos de venganza y de soledad, le habían convertido en un auténtico ermitaño emocional, alguien incapaz de querer, incapaz de recordar lo que era preocuparse por los demás. Empezó a andar en dirección contraria a aquella criatura pero, nuevamente, aquel llanto estremecedor, aquella desazón, aquel desconsuelo por otra parte tan familiar, no le dejaban evadirse con tanta facilidad.


Durante unos minutos recordó su llegada a aquel lugar. Primero recordó el dolor físico, el frío, aquella desagradable sensación de adormecerse, de perder el control. Las voces de sus amigos llamándole y pidiéndole que no cerrara los ojos. Cada vez se le antojaban más lejanas. Luego, recordó cuando abrió los ojos creyendo que todo seguía igual, que nada había cambiando. Pero todo era distinto, demasiado distinto, terriblemente distinto. Allí no había nadie para arroparle, para protegerle, para explicarle dónde estaba, que había pasado, o que iba a ser de él a partir de aquel día. No sabía qué hacer, ni a dónde ir. El, que siempre había sido el centro del universo, el hijo preferido de sus padres, el chico al que todas las chicas deseaban. El que nunca había tenido que luchar, ni preocuparse por nada, ni por nadie. De pronto, ya no era importante, ni volvería a serlo. Tras tanto tiempo, había olvidado hasta la fecha en la que llegó allí. Primero, fue el desconcierto, el desconsuelo, el llanto, el vacío absoluto, la completa soledad. Recordaba las horas que había pasado tratando de hallar una explicación a lo sucedido, una solución a su situación. Más tarde llegó el odio, el rencor, la sensación de haber sido abandonado por los suyos, por todos. Se prometió no llorar más, se juró que algún día se vengaría de todos aquellos que le abandonaron, que le habían dejado allí.

Siguió andando hasta llegar frente aquella terrible realidad, aquel espejo que le recodaba a cada momento lo ocurrido. Se sentó y observó atentamente aquella horrible y lúgubre lápida.

“Eric Grant. 1965 – 1984
En memoria de nuestro estimado hijo Eric, trágicamente fallecido a la edad de 19 años”

Momentáneamente, Eric cerró los ojos y visualizó una vez más la escena. Era San Juan y los exámenes ya habían acabado. Como otras muchas noches el y sus amigos cogieron las motos y se fueron al pueblo vecino, pero aquella noche no iba a ser como las demás. De pronto, en la curva más cerrada de la carretera, un conductor ebrio dio un volantazo inesperado llevándoselo por delante. Después el frío, el dolor….la muerte. Nunca perdonaría lo que le hizo aquel hombre, aquel borracho. Sólo tenía 19 años y una vida por delante que ya no iba a poder disfrutar.

A lo lejos, un nuevo sollozo interrumpió su silencio y le hizo regresar a su terrible realidad. ¿Por qué permanecía allí anclado? ¿Por qué nadie había acudido a consolarle, a ayudarle? Cegado por el dolor y la rabia, Eric no se percató que aquella criatura se acercaba hasta el.

-¿Dónde están mis papás? Preguntó el pequeño deshecho en lágrimas.

Eric abrió los ojos y le miró fijamente. Quiso ignorarle, pero algo dentro de él no le dejaba. Un atisbo de humanidad surgió de sus adentros y sin poder reprimirse abrazó a aquel niño con todas sus fuerzas y rompió a llorar. Para el fue como volver al punto de origen, al momento en que llegó allí. El dolor, el vacío, la desesperación…

-Yo también estoy solo ¿sabes? No temas, mientras estés conmigo no te pasará nada, te lo prometo.

El niño miró a Eric algo aliviado.

-¿Dónde estamos? Preguntó con la voz temblorosa.

Eric sintió una enorme responsabilidad al tener que contestar a aquella pregunta, una responsabilidad de la que nunca había hecho gala en vida. Se armó de valor y tratando de encontrar las palabras exactas, miró a aquel pequeñazo a los ojos con dulzura y le dijo:

-Estamos en el lugar a donde van las personas buenas que por algún motivo no pueden seguir viviendo. Estamos de camino a un mundo mucho mejor, a un país de hadas y duendes, a un mundo de príncipes y princesas, donde seguro que seremos muy felices.

-¿Y mis papás? Preguntó el niño con los ojos bañados en lágrimas.

-Seguro que tus papás te estarán viendo y en cuanto puedan, vendrán a jugar contigo. No hay motivo para que tengas miedo, aquí no hay lugar para la tristeza, ni para el dolor.

Entonces, un haz de luz iluminó aquel inhóspito paraje y un hermoso camino de verdes y frondosos árboles y de rosas de mil colores se abrió ante ellos. El niño, que súbitamente tomó el aspecto de un entrañable anciano, tomó su mano y mirándole a los ojos le dijo:

-Has tardado mucho en comprender que la muerte no es un castigo, sino el tránsito a un mundo mejor. Que de nada vale lamentarse. Que el odio, la tristeza, la venganza y el dolor, son sentimientos que nos atan a la tierra y no nos dejan crecer. Ahora ya estás preparado para venir conmigo.

8 comentarios:

DE INTERES dijo...

Hola Laura, tienes un premio esperandote en mi Blog, FELICITACIONES !!!! un abrazo

HELEN dijo...

hola Laura, soy Bhelen, me encanto esta historia porque me hizo refleccionar bastante. no solo sobre la muerte como la conocemos, mas fue sobre la muerte en vida que vivimos cuando tenemos el corazon lleno de malos sentimientos, sin poder perdonar y asi liberarnos y liberar a los que mas nos quieren. Esta historia me enternecio un monton y creo que no solo provoco eso en mi, sino en cada persona que lea este relato y encuentre el mensaje como mas lo necesite.
gracias.

Laura Falcó dijo...

Bhelen, la verdad es que concebí este cuento con esa intención. Creo que nos obcecamos con sentimientos negativos en vez de sacar lo positivo de las cosas.

Gracias,

Anónimo dijo...

felicidades laura una vez mas me has impresionado con uno de tus relatos me facina te felicito QUE DIOS TE BENDIGA

Anónimo dijo...

Muy bonito Laura, enhorabuena una vez más.

Laura Falcó dijo...

Gracias a todos por vuestros comentarios.

Tom Zeta dijo...

He vuelto... ;-) Me ha gustado este relato porque he terminado con un enorme sonrisa tras leer el final. Tus letras se leen con rapidez y facilidad y hay que escribir muy bien para conseguir eso.

Laura Falcó dijo...

Gracias Tom

Publicar un comentario en la entrada