domingo, 29 de noviembre de 2009 | By: Laura Falcó

Nadie

Miguel era un hombre antipático, seco, incluso algo asocial. Odiaba tener vecinos, odiaba los ruidos, la música alta. Generalmente, la gente que le conocía le tenía por un ser huraño, independiente, algo así como un ermitaño del siglo XXI. Apenas salía de casa y cuando lo hacía, rara vez era para pasear o para deleitarse con la compañía de otras personas. Normalmente sus salidas se limitaban a la compra semanal y a su trabajo. Miguel no tenía casi amigos y sus padres, de los que tan sólo se acordaba cuando necesitaba algún favor, había aprendido a prescindir de él.

Se despertó como cada mañana a las ocho en punto para ir a trabajar. Tan sólo levantarse se dio cuenta que algo era distinto, que algo no era normal. El aire era denso y reinaba un silencio contundente, desconocido. Tuvo la extraña sensación de vacío, de ausencia, de inmovilismo…era una sensación tan difícil de verbalizar. Se acercó lentamente hasta la ventana como temiendo asomarse al mundo. Allí, lejos de la realidad, su mente podía hacer mil elucubraciones pero se quedaban en eso, en meras elucubraciones. Si se asomaba todas sus sospechas cobrarían sentido, o se desvanecerían para siempre en décimas de segundo. Decidido a asumir aquel riesgo, Miguel anduvo hasta el balcón, abrió con delicadeza la portezuela y salió al exterior. El silencio que ya dentro de su casa le había impactado de sobre manera, seguía presente. Se apoyó sobre la balaustrada y miró a la calle. Nadie. La calle estaba completamente desierta, asolada. Ni el piar de una de aquellas apestosas palomas enturbiada tan inusual e inquietante serenidad. Nunca creyó que se oiría a si mismo pidiendo que regresará el ruido. Sí, aquel mismo ruido ensordecedor que cada mañana le despertaba. Los coches, las bocinas, la gente vociferando de buena mañana…lo echaba de menos; su ausencia le angustiaba.

Se vistió decidido a bajar a la calle y averiguar que estaba pasando. Nervioso, bajó por las escaleras. Todo era tan anómalo que prefirió no usar el ascensor. De vuelta, nadie. Era como si la tierra hubiese engullido todo atisbo de vida dejando su faz perfectamente limpia e impoluta. Ni un papel, ni una colilla, ni una cagada de los muchos perros que solían pasear por el barrio; nada. Tembloroso se acercó al café de la esquina esperando encontrar a su propietario; Andrés. El local estaba desierto aunque perfectamente repleto de alimentos, como cada mañana. Era como si tras hornear los desayunos del día, todos hubiesen desaparecido. Tratando de sacar provecho a tal situación Miguel pasó detrás de la barra y se sirvió una ensaimada y un café con leche. Luego, se sentó tranquilamente al otro lado de la barra dispuesto a desayunar. Tomó la ensaimada entre sus manos y al morderla descubrió que no sabía a nada. Era insípida y su textura inusual. Lo mismo ocurrió con el café con leche. Entró en la cocina y tomó un puñado de sal que colocó sobre su lengua a modo de experimento. Nuevamente nada, su sabor era inexistente.

Sobrecogido por la situación volvió a su casa con la intención de coger el coche e ir en busca de gente. ¿Habrían desaparecido también sus pocos amigos, sus compañeros de trabajo, sus padres? Miguel, desesperado condujo por toda la ciudad y a su paso tan sólo halló desierto. Estaba completamente sólo, sin nadie con quien hablar, con quien compartir sus miedos, sus inquietudes, sus pensamientos. Una cosa era aislarse por propia decisión y otra muy distinta por obligación, pensó. Además, sin comida que llevarse a la boca difícilmente podría aguantar mucho tiempo. Aunque, a juzgar por la sensación de saciedad tras tomar la ensaimada y el café, su estómago no había apreciado la diferencia. Se acercó hasta su oficina pero nuevamente, no había nadie. Trató de conectar los ordenadores, o la televisión de la sala de juntas, a fin de ver en las noticias lo que estaba pasando. Pero nada, los aparatos eléctricos parecían no funcionar. Era como si el mundo, la civilización y la vida hubiesen decidido apearse de un tren en el que él aún permanecía.

Las horas fueron pasando pero Miguel no sentía ningún tipo de cansancio, ni tan siquiera hambre. Desconcertado por la situación, Miguel pensó en acercarse a una iglesia. Nunca había sido especialmente devoto pero aquel vacío, aquella terrible soledad, le hacía necesitar una mano amiga, aunque fuese la de un Dios, en el que a duras penas creía. Entró en la catedral deseando hallar a alguien pero, nuevamente, aquel mundo yermo y estéril imponía sus leyes. Anduvo hasta el altar y, tal y como solía hacer de niño, cuando tía Juana le obligaba a ir a misa, se arrodilló y trató de buscar en su interior las palabras. Esta vez, sin embargo, se permitió expresar lo que sentía en voz alta, desgraciadamente no había nadie a quien pudiesen molestar sus plegarias.

-¡Dios! Exclamó a voz en grito como tratando de llamar la atención de todos y cada uno de los santos que lucían a cada lado del altar. ¡Sí tú! El que se supone que sabe de todo y que está ahí arriba contemplándonos. ¿Qué es lo que ocurre?, ¿Acaso me has abandonado en este mundo inhóspito? Sé que hace años que no vengo a verte y que posiblemente me olvidé de ti pero ¿Alguien merece tanto desprecio?

El silencio envolvió sus plegarias y el vacío prosiguió quebrando todas sus esperanzas.

-¿Es que nadie va a responderme?, ¿Tan mal lo he hecho que merezco esto?

De pronto, tras el altar, como emergiendo de la propia cruz, una luz brillante y cegadora invadió la estancia. Entonces una voz grave, envolvente, una voz que llenó por completo cada recoveco de la iglesia, se alzó y dijo.

-No, no has sido un gran hijo, ni en lo divino, ni en lo terreno. Tampoco fuiste un gran amigo, ni un gran compañero. Sin embargo, jamás te castigué por ello. Fuiste tu mismo quien escogiste tu propio calvario.
Querías soledad, deseabas tu absoluta y completa independencia. Odiabas a tus semejantes y como no, desdeñabas hasta el ruido de los pájaros al amanecer.
Miguel escuchaba atentamente y miraba atónito aquella luz cegadora sin atreverse ni a pestañear.

-Es triste morir solo. Pero es la muerte que tú deseabas ¿no? Aún pasarán días hasta que alguien encuentre tu cuerpo. Pero, ¿qué más quieres? Ahora dispones de una eternidad para estar solo y en silencio. Disfrútalo.

Entonces, aquella luz tan hermosa e intensa, desapareció por completo y en aquel inmenso y eterno silencio, tan sólo un agudo y angustioso grito rompió la calma.

-¡Nooooo!, ¡Vuelveeee!, ¡Nooooo!

9 comentarios:

AUGUSTO ZORRILLA dijo...

Vaya relato, me estremeció. El ser a veces en su egoísmo pide estar sólo , ma´s apun en esta soledad hedonista, A veces somos un poco como Miguel, ni seamos creyentes o no, no oyemos las voces de los adentros.Es facil quererlo todo sin tener nada y nos conevrtimos en almas en pena ante tan deprimente espectaculo expuesto pr la socciedad actual; corrijo "zoociedad"
Buen relato.

Laura Falcó dijo...

Hola Augusto,

Precisamente cuando se nos habla de cosas horribles nadie diría que una de ellas es la soledad, pero llevada al extremo puede ser un tortura

cuentapasos dijo...

Bueno bueno!!! La muerte siempre resulta ser todo un tema, pero no hay duda, debe ser el único momento en el que estamos realmente solos.
Valio la pena encontrar tu espacio, gracias por compartir tu arte
Saludos

Anónimo dijo...

jo.. que buena historia....¡¡ pero si me preguntas si merecia ese castigo ...... pues si >;)

''todo lo que uno siembra, eso cosecha''


salu2.


pd: para tener 40 que guapa estas xP

Laura Falcó dijo...

Gracias a vosotros ;-)

Angus dijo...

Me encanta lo que has escrito. Tus letras son realmente excelentes.

jessa dijo...

wo0o0ow laura me encanto ese relato fue como tan bello,intrigante y entretenido a la vez te felicito que Dios te bendiga

Eternal Quarantine dijo...

¿Revolcar el silencio?

Laura Falcó dijo...

Eternal...¿dónde dice eso?

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