martes, 26 de julio de 2011 | By: Laura Falcó

Gatos



Bolita fue el primero de todos en llegar. Aún recuerdo aquel día de octubre en que lo encontré. Llovía a cántaros y el agua bajaba por las calles como si de ríos se tratase. Yo regresaba a casa del trabajo y al salir del metro, le pude ver. De pelo negro, acurrucado al lado de un bordillo, calado por la lluvia, temblando y sin saber a dónde ir, sus ojitos verdes me miraron pidiéndome ayuda. Sin pensármelo, le recogí del suelo y, arropándole dentro de mi chaqueta, me lo llevé a casa. Más tarde llegaron Gris y Duquesa. En este caso fue un amigo quien decidió regalármelos cuando su gata tuvo camada. Eran tan pequeños y hermosos, que no me vi capaz de decirle que no. Lo cierto es que apenas recuerdo como fue llegando el resto. Algunos los encontré en la calle y otros fueron fruto del cruce de los que ya tenía. En cualquier caso, cuando quise darme cuenta, debía tener más de cincuentas gatos viviendo conmigo. Mis hijos, hartos de la suciedad y del trabajo que aquellos felinos me daban, en más de una ocasión habían intentado que los regalase. Me hacía mayor y cada día tenía menos ánimos para cuidar de ellos. La casa cada vez estaba más sucia y yo me sentía incapaz de hacer nada para solucionarlo.

Aquella mañana, tras levantarme y ver la pocilga en la que se había convertido mi casa lo tuve claro, debía buscar un nuevo hogar para aquellas criaturas, aquello no podía continuar así. Por ese motivo, después de darles el desayuno, los reuní a todos en el salón, como si de una gran familia se tratase y me dispuse a comunicárselo.

-Veréis, os quiero mucho pero, yo, yo…Dije con la voz temblorosa- No puedo seguir dándoos cobijo.

En silencio todos me miraban atentos, como si pareciesen entender mis palabras.

-Lo siento, me hago mayor y por no poder, no puedo ni cuidar de mi misma. Apunté con lágrimas en los ojos.

Esa noche, apenas pude dormir, era como si me estuviesen robando parte de mi alma.

Sonó el despertador y como cada mañana me incorporé una vez más dispuesta a hacerme el desayuno. En cuanto salí de la habitación me percaté de que algo extraño estaba ocurriendo. Estaban todos allí, frente a la puerta, inmóviles, atentos, sin hacer ruido, pero sin dejarme salir.

-¿Qué esta pasando? Pregunté en voz alta.

Todos me miraban expectantes, en tensión, como esperando mi reacción. Moviendo la pierna con cuidado traté de desplazarlos hacia un lado para poder salir del cuatro. Entonces, ocurrió algo imprevisto, algo inesperado, algo que me dejó helada, paralizada. ¿Qué es lo que estaba pasando? ¿Por qué se comportaban así? Asustada, retrocedí lentamente y me encerré en mi habitación. No comprendía porque aquellos gatos, a los que tanto amaba, de pronto se habían erizado y me habían arañado con tanta sarna. ¿Qué les había llevado a actuar de aquel modo? De pronto, tras la puerta empecé a oír como furiosos, arañaban la madera tratando de entrar.

-Tom, ¿sabes algo de mamá? Hace cuatro días que no sé nada de ella y no me coge el teléfono.
-Que extraño. ¿Te has acercado a su casa?
-No, no he tenido tiempo pero… quizás deberíamos ir. Es muy tarde y es muy raro que no esté en casa.
-Está bien, dijo Tom. -En un cuatro de hora te paso a recoger.
-De acuerdo. Contestó Carolina

Nadie contestaba al timbre. De hecho, un extraño e inusual silencio parecía reinar en el interior de aquella casa. Preocupado, Tom sacó la llave de su bolsillo decidido a entrar. Giró la llave y empujó la puerta mientras llamaba a su madre. Nadie contestó. La casa estaba a oscuras y por más que Tom trató de dar a los interruptores, la luz no se encendía. Ni un maullido, ni un susurro; nada. Carolina estaba convencida de que algo no andaba bien.

-¿Mamá? Repitió Tom mientras avanzaba hasta su cuarto.

De pronto, algo cerró la puerta de la calle dejándolos complemente a oscuras.

-¿Quién hay ahí? Exclamó Carolina presa del pánico.

Entonces, entre la oscuridad pudieron ver decenas de pequeños ojos que les miraban atentamente. Carolina, presa del pánico, salió corriendo hacia el cuarto de su madre mientras Tom, inmóvil, observaba la escena.

-¿Mamá? Preguntó Carolina viendo, gracias al reflejo de la luna sobre la cama, una silueta tumbada.

Se acercó hasta ella lentamente, y apoyándose en el borde de la cama la observó. Quizás estuviese dormida, pensó.

-¿Mamá? Dijo mientras acercaba la mano hacia su cara.

En ese mismo instante, en el pasillo oyó un chillido agudo, desgarrado, envolvente…

-¿Tom? Preguntó con voz temblorosa. ¿Sigues ahí?

Oyó como algo se acercaba poco a poco por el pasillo, algo sigiloso, sutil, algo que a bien seguro no era Tom. Nerviosa, se giró y agarró a su madre por los hombros en un intento por despertarla. Su cuerpo estaba viscoso, gelatinoso, resbaladizo. Angustiada, soltó el cuerpo y trató de buscar el mechero de su bolso.

-Aquí está. Se dijo algo aliviada.

Su respiración era cada vez más acelerada y su corazón latía con fuerza. Lo encendió y alumbró la cama. Allí estaba, ensangrentada y a penas reconocible. Eso era lo que quedaba del cuerpo de su madre, que ahora yacía muerta sobre su cama. Rápidamente se volvió hacia la puerta mientras su pulso convertía el reflejo en la pared de aquella pequeña llama, en un dibujo serpenteante. Allí estaban, quietos, inmóviles. Sus ojos se clavaban sobre ella como finas agujas. ¿Qué querían de ella? ¿Por qué actuaban así?

-¿Tom? Susurró nuevamente temiendo que aquel silencio fuese el preludio de otra desgracia.

El mechero empezaba a calentarse y Carolina sabía que ya no iba a poder sujetarlo mucho más. Se incorporó y retrocedió lentamente hasta el balcón tratando de no perder de vista a los gatos. Quizás en el exterior pudiese pedir ayuda, pensó. Se giró un segundo y abrió la puerta de la terraza. Un segundo, un instante, el tiempo de un parpadeo, el tiempo de un suspiro, tiempo suficiente para que aquellos gatos saltasen sobre ella precipitándola balcón abajo, al vacío.

Ahora nadie les iba a echar, nadie podría volver a abandonarlos nunca más.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente!

Peter Mathius dijo...

¡¡¡ Vaya Tela !!!, cualquiera recoge por ahí a un "LINDO GATITO" Callejero, si esque... De Desagradecidos está el Mundo LLeno.... y eso, en el caso de los GATITOS, era por Pura Supervivencia... La verdad esque es para "Pensarselo Dos Veces" :)

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