jueves, 15 de enero de 2009 | By: Laura Falcó

Viaje a ninguna parte


Andrés cogió el metro a las ocho y cuatro como cada mañana. Buscó, como siempre hacía, un vagón vacío que le permitiese dormitar al menos, una gran parte del camino. Además, a los chicos malos como él la gente no solía molestarles. Se sentó y dejó que el sueño se apoderase de él. No temía pasarse de estación; la suya era la última y, en caso de quedarse dormido, el revisor le despertaría.

Abrió un ojo extrañado. Tenía la sensación de haber dormido mucho tiempo; demasiado. El vagón seguía en marcha. Miró el reloj y se incorporó sobresaltado.

-¡Las diez y media!

Aquello carecía de sentido. El metro no daba nunca la vuelta sin vaciar los vagones uno a uno. Además, el vagón seguía circulando en el mismo sentido que al principio del trayecto. ¿Habría dado una vuelta completa? Se preguntó

-Bajaré en la primera estación y cogeré un taxi. Pensó

Pasaron más de diez minutos y el metro continuaba en movimiento sin detenerse. Era imposible que aún no hubiesen pasado por ninguna estación. Andrés empezó a ponerse algo nervioso. Aunque odiaba su trabajo, lo necesitaba para pagar las copas y los poros del fin de semana e iba a llegar tardísimo, pensó. Su jefe ya le había dado varios avisos y esta vez se jugaba el puesto. Buscó con la mirada el plano del metro tratando de verificar si existía alguna estación cerrada recientemente, o algún cambio en el recorrido. Aparentemente, todo seguía igual. Tras diez minutos adicionales de recorrido sin haber parado o pasado por ninguna estación, Andrés decidió cambiar de vagón y buscar a otros pasajeros. Empezó a andar pero el metro parecía estar vacío, desierto. Una angustia inexplicable estaba instalándose progresivamente en él. Fue en ese instante, en que decidió dirigirse hacia la cabina y hablar, al menos, con el conductor. Lo que encontró al llegar a ella no era razonable; la cabina estaba completamente vacía. No había ni rastro del conductor. Estaba completamente solo.

- ¡No puede ser! Exclamó ciertamente alterado

¿Cómo era posible que en aquel metro no hubiese ni conductor, ni ningún pasajero? Andrés miró a los lados buscando de forma desesperada una de esas palancas rojas en las que se podía leer “accionar en caso de emergencia”. Recorrió nuevamente todos lo vagones pero no había nada de lo que tirar. Desperado, trató de buscar algún elemento metálico con el que forzar las puertas o las trampillas del techo, pero no había nada que le pudiese servir a tal efecto.

De pronto, el metro redujo bruscamente la marcha y Andrés salió despedido hacía el final del vagón. Empezó a sentir un calor sofocante e insoportable que, a medida que el metro seguía avanzando se hacía cada vez mayor. Entonces, una voz profunda dijo:

- Siguiente estación, la tuya Andrés.

Andrés sintió como un escalofrío recorría su espalda y un nudo se instalaba en la boca de su estómago. Se incorporó y trató de mirar por la ventana del vagón no sin un cierto miedo. El vagón fue ralentizando la marcha y el nivel de calor se tornaba cada vez más intenso. De pronto, empezó a divisar la estación.

- ¿Qué coño...?

Fuera del vagón tan sólo se divisaban llamas. El humo empezó a colarse dentro del vagón, Andrés empezó a toser. Entonces, las puertas se abrieron y nuevamente aquella voz de ultratumba resonó en todo el vagón.

- Ahora ya sabes a dónde van los chicos malos como tú. Bienvenido a tu nuevo hogar Andrés.

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