viernes, 6 de febrero de 2009 | By: Laura Falcó

Poderes


Fue una mañana cualquiera cuando Bárbara notó, por primera vez, que su hija Sofía tenía algo que no era normal. Sofía era una niña muy sensible y algo consentida y cuando alguna cosa no le gustaba o le parecía injusta reaccionaba de forma desmesurada. Bárbara sabía que tarde o temprano debería cortar aquellas reacciones, pero le costaba mucho ser dura con una niña de cuatro años.
Aquella mañana, tras reñirla por volcar el plato de los cereales su reacción no se hizo esperar. Sofía empezó a llorar desconsoladamente y a organizar, como en otras ocasiones, una pataleta de las suyas. Sin embargo, esta vez, algo fue distinto, ocurrió algo que Bárbara no sabía como explicar. De pronto, el plato de cereales volvió a la mesa como si una mano invisible lo elevase desde el suelo. Aquello desafiaba la lógica y las leyes de la gravedad. Bárbara miró inmóvil a su hija mientras esta interrumpía el lloro y esbozaba una media sonrisa. ¿Era ella consciente de lo que acababa de ocurrir?, se preguntaba Bárbara no sin un cierto temor.

Los días pasaron y aquello quedó en el olvido. El día a día no dejaba mucho espacio para las elucubraciones y Bárbara tenía un día a día complejo. De casa a la guardería y de esta al trabajo. Lo cierto, es que cuando llegaba a casa por la noche, el cansancio tan sólo le dejaba la energía necesaria para hacer la cena para todos y acostar a la niña.
Fue una de esas ajetreadas noches en que algo extraño llamó la atención de Hans, su marido.

- Bárbara, ¿podemos hablar un segundo?
- Pues claro, ¿Qué ocurre?
- Es que, cuando he ido a acostar a Sofía algo extraño ha llamado mi atención.
- ¿El qué?
- Verás, la he metido en la cama y me ha pedido como cada noche que le diera a la Señora Mim.
- Sí, ya sé. Se ha acostumbrado a dormir con ese horrible oso.
- Ya, ya, si lo extraño no es eso.
- ¿Pues?
- Que cuando me he girado para cogerlo, el oso ya estaba inexplicablemente en su poder.
- ¿Cómo?
- No lo sé, es como si el oso hubiese ido sólo hasta la cama de Sofía.
- ¿Solo?
- ¿No tiene sentido verdad?

Bárbara recordó entonces lo ocurrido hacia algunas semanas con el plato de los cereales. Definitivamente, algo extraño estaba ocurriendo, algo para lo que ni Hans, ni ella tenían explicación.

Pasaron los días y la situación parecía no repetirse. Hans y Bárbara decidieron, dado lo excepcional del suceso, no darle más vueltas a aquello. Sin embargo, los acontecimientos no tardaron en volver a darse y esta vez de forma más notable y violenta. Eran las cuatro de la tarde cuando Bárbara recibió una llamada de la guardería.

- ¿Podría hablar con Bárbara Fuentes?
- Sí, soy yo, dígame.
- Verá, la llamo de la guardería.
- ¿Está bien Sofía?
- Sí, sí, tranquila. El motivo de mi llamada es otro.
- Usted dirá
- Pues resulta que Sofía se ha peleado hoy con otra niña y en mitad de la discusión la ha amenazado con tirarle un estante encima.
- Ya, cosas de niñas.
- Sí, evidentemente, nadie le ha hecho demasiado caso pero, al cabo de un rato, ambas niñas han vuelto a enzarzarse y de pronto, de forma inexplicable, el mueble de estantes ha salido despedido en dirección a Jenny.
- ¿Cómo?
- Afortunadamente, hemos podido agarrarlo a tiempo pero creo que deberíamos hablar.
- ¿Habrá sido casualidad?
- ¿Casualidad?. Bueno, eso pensamos en un principio, pese a lo espectacular y poco probable del tema, pero al cabo de un rato Sofía se acercó a Jenny y le dijo que la próxima vez no iba a fallar.
- Entiendo. Esta tarde me paso por ahí.
- La esperamos, gracias.
- A usted.

Bárbara no salía de su asombro. Acto seguido llamó a Hans.

- ¿Qué explicación lógica se le puede dar a esto?
- Bárbara, no lo sé pero es la tercera vez.
- Y va a peor.
- Efectivamente.
- Esperemos a hablar con la guardería y vemos que hay que hacer.
- De acuerdo amor, pero estate tranquila ¿vale?
- Vale

Tras hablar con la guardería Hans y Bárbara estaban aun más preocupados si cabe. De camino a casa comentaron el tema.

- ¿Psicocinesis?
- Eso ha dicho sí. La capacidad de mover objetos con la mente, para ser más exactos.
- Pero ¿qué se supone que debemos hacer ahora?
- No lo sé. Supongo que debe haber alguna institución que estudie estos casos.
- ¿Y convertir a Sofía en una cobaya? Exclamó Bárbara seriamente alterada.
- A mí tampoco me gusta pero si esto va a más... ¿Quién va a controlarlo?
- Eso es cierto. Pero la solución...
- Bárbara, te recuerdo que en la guardería no van a volver a admitir a la niña.
- Siempre podemos ir a otra.
- ¿Hasta cuando? ¿Hasta que mate a una compañera o su profesora tras una rabieta?
- ¡Hans! ¡Te está oyendo¡

Sofía observaba atentamente a sus padres desde el asiento de atrás. Parecía no perderse nada de la conversación.

- Tienes razón, hablamos luego.

Pero, desgraciadamente para los dos el luego nunca existió. Sofía había oído demasiado. No estaba dispuesta a que la encerraran y menos a ser una cobaya humana. Espero, pacientemente, a llegar a casa. Había que buscar la forma y el momento idóneos. Nadie debía sospechar de ella. Tras el incidente en la guardería, Sofía había aprendido la lección. Si quería sobrevivir, debía ser más discreta con sus poderes. Una vez en casa Sofía accionó la alarma del garaje. Hans extrañado, descendió las escaleras hasta el garaje y trató de desconectarla.

- ¿Qué ocurre? Preguntó Bárbara
- No sé, parece que se ha vuelto loca, no consigo pararla.
- Pues trata de desconectarla cuanto antes porque nos vamos a quedar sordos.

Pasaron unos minutos y la alarma seguía sonando sin parar.

- Bárbara, ¿puedes alcanzarme la caja de herramientas?
- Enseguida, acuesto a Sofía y te la bajo.

Ese era el momento pensó Sofía. Esperó pacientemente hasta que oyó que los pasos de su madre hacia el garaje se detenían. Entonces, la puerta de garaje se cerró y la puerta abatible que daba a la calle se quedó sorprendentemente atascada.

- ¿Qué está ocurriendo? Preguntó Bárbara algo sorprendida por la extraña situación.
- No entiendo cómo, pero creo que nos hemos quedado encerrados.

De pronto, el motor del coche se puso en marcha. Hans miró fijamente a Bárbara y exclamó:

- ¡Sofía¡
- ¿Sofía?
- Me temo que Sofía es la causante de esto.
- ¿Crees que Sofía quiere...?

A la mañana siguiente, Hans y Bárbara yacían en el suelo de garaje sin vida. Muerte por inhalación accidental de CO2; dijo el comisario encargado de caso. Sofía pasó a vivir con sus abuelos maternos y nadie sospechó jamás de ella.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

mmmmmmmmmmmmmm.....
no sera telequinecis??
no entiendo muxo d sta istoria

Peter Mathius dijo...

Vaya "Elementa LA NIÑA", me recordó a CARRIE de Stephen King... Gran História ... pero "Triste Final"... :(

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