viernes, 3 de abril de 2009 | By: Laura Falcó

Ayúdame

Estaba lloviendo y mientras escribía en el ordenador, miró de reojo por la ventana. Aquella fue la primera ocasión en que Alicia la vio. En frente, asomándose de forma peligrosa por el balcón, una niña de apenas cinco años la observaba. En aquella parte de la ciudad la distancia entre las casas era ínfima así que, Alicia pudo ver a la cría con suma claridad. Alicia se levantó angustiada y abrió la ventana.

- ¡Te vas a caer! Chilló con todas sus fuerzas.

Entonces, la niña puso el dedo índice sobre sus labios pidiendo silencio y de pronto, desapareció. Alicia, desconcertada, cerró la ventana y se sentó nuevamente frente a la pantalla de su ordenador. ¿Qué era realmente lo que había visto?

Pasaron los días y su novela iba avanzando. La noche se convirtió en su aliada; le era mucho más sencillo concentrarse que durante el día. Pero aquella noche en cuestión, algo que no alcanzaba a comprender, irrumpió en su mundo. Mientras Alicia cenaba alguien o algo escribió la siguiente frase en mitad de su novela:

“Ayúdame, por favor.”

Alicia miró fijamente la pantalla; no daba crédito a sus ojos. Inquieta miró tras de sí y después, recorrió una por una todas las habitaciones de la casa para cerciorarse de que estaba completamente sola. ¿Cómo había llegado ese texto al ordenador? ¿Quién había escrito aquello? Volvió frente a su ordenador y, cuando se disponía a sentarse, vio nuevamente a aquella criatura asomándose por la ventana. ¿Qué hacía una niña de esa edad despierta y sola a aquellas horas? Alicia abrió como la vez anterior la ventana, con la intención de que la pequeña entrase en la casa. Esta vez, cuando se disponía a hablarle, la niña inexplicablemente se cubrió entera de una extraña sustancia de color grisáceo, una sustancia que a Alicia le recordó a la ceniza. Cuando Alicia quiso reaccionar, la niña desapareció ante sus ojos, sin dejar ni rastro. Aquello, definitivamente, no era normal. Alicia miró el reloj y viendo que eran las dos de la mañana, decidió esperar al día siguiente para acercarse a la casa de enfrente.

Llamó durante algo más de diez minutos al interfono, pero nadie contestaba. Cuando ya se disponía a irse, un hombre salió de la puerta y Alicia aprovechó para preguntarle:

- Buenos días. Dijo Alicia
- Buenos días.
- Verá, estoy buscando a los propietarios del séptimo primera y no me contesta nadie.
- Ni le contestarán. Respondió aquel hombre
- ¿Por?
- La casa está deshabitada desde hace dos meses.
- ¿Vacía? Pero…
- Sí, el caso salió en los diarios. El padre se quedó en la calle sin trabajo y por lo visto se volvió loco, mató a su mujer, incendió la casa y luego se suicidó. Explicó el vecino.
- ¿Y la niña?
- ¿La niña?, ¿Cómo sabe que había una niña?
- Bueno,..no sé, al decir el padre supuse…
- Pues sí, tenían una niña de cinco años a la que la policía nunca encontró.
- ¡Dios! Exclamó Alicia seriamente afectada.

Alicia no salía de su asombro. ¿Cómo era posible que ella viese a aquella niña en el balcón? ¿Qué era lo que estaba ocurriendo? Inquieta y algo asustada volvió a su casa. Aquella tarde, su reacción no se hizo esperar. Alicia decidió acercarse a la hemeroteca para averiguar todo lo posible sobre aquella familia. Lo cierto es que la información le fue fácil de encontrar. En los titulares de todos los diarios de dos meses atrás se podía leer:

“Un hombre mata a su esposa en plena crisis de ansiedad tras saberse despedido”

Pedro M. de treinta y ocho años, tras ser despedido la mañana del 2 de febrero llegó a su casa y asestó trece puñaladas a su mujer que, se encontraba en el domicilio conyugal a aquellas horas. Después, incendió la casa y se tiro por el balcón muriendo al impactar contra el asfalto. Las autoridades buscan hora cualquier pista sobre el paradero de la hija de ambos, Amanda, de tan sólo cinco años de edad.

A continuación, había una foto de la niña y un teléfono para que, si alguien la veía, pudiese llamar a la autoridad competente.

- ¡Es ella! Exclamó Alicia.

Tenía que entrar como fuera en aquella casa y averiguar más cosas sobre Amanda. Aquella noche Alicia no tenía ánimos de escribir, pero tampoco pudo pegar ojo.

A la mañana siguiente, Alicia conectó el ordenador como cada mañana, con el fin de actualizar el GPS de su móvil. Por un instante, una idea absurda cruzó su mente: ¿Y si alguien había vuelto a escribir algo en su novela? Pese a lo ilógico de tal duda, abrió el documento y repasó su contenido. Al final del mismo, como la otra vez, se podía leer una nueva frase:

“¡Mamá, quema, quema mucho! ”

Alicia sintió que su corazón se sobrecogía lleno de angustia. Dios sabe que fue lo que le ocurrió a aquella pobre criatura, pensó. Horrorizada por las imágenes sobrecogedoras que acudían a su mente, Alicia se dispuso a entrar como fuese en aquella vivienda. Miró nuevamente por la ventana al balcón de la séptima planta. Al principio, no vio nada pero, al cabo de uno segundos, creyó ver la figura de la niña llamándola con la mano. Llena de angustia, Alicia salió a la calle y se acercó al portal. Llamó a varios pisos hasta que, al final, uno le abrió. Subió rápidamente hasta la séptima planta y miró desde la otra punta del rellano. La puerta todavía lucía el precinto policial.

- Ojalá que la puerta no esté cerrada con llave, suspiró.

En esos casos resultaba bastante fácil abrirla con una tarjeta de crédito, o con una vieja radiografía. Afortunadamente, así fue. Entró sin hacer ruido y cerró suavemente la puerta tras de sí. Recorrió toda la casa tratando de encontrar algo que pudiese ayudarla. Todo estaba completamente quemado y el olor a humo todavía impregnaba todo el piso. Entró en la habitación de la pequeña que, para aquel entonces, estaba prácticamente desierta salvo por un pequeño somier calcinado; pero no halló nada que la pudiese ayudar. Tras más de una hora de revisar el piso de arriba abajo, Alicia decidió darse por vencida. Entonces, cuando se disponía a salir de la habitación de Amanda, notó tras de sí un frío descomunal, un frío que, no era de este mundo. Inmóvil, Alicia contuvo la respiración. El vaho salía de su boca como si estuviera en un paraje nevado. En ese instante, lentamente, giró la cabeza hasta mirar por encima de su hombro. Allí estaba ella, con su dedo sobre los labios, como la vio por primera vez. Sin mediar palabra, Alicia la siguió mientras ella iba caminando hacia lo que un día fue la cocina. Entonces, se detuvo y con el dedo índice señaló el horno. Alicia horrorizada, se acercó hasta la puerta del mismo y lo abrió con sumo cuidado. En su interior, enrollado sobre si mismo, yacía el cuerpo calcinado de la pequeña. Entre el amasijo de ceniza y huesos, tan sólo se distinguía claramente el dedo índice de la pequeña, apoyado en señal de silencio sobre lo que una vez debieron ser sus pequeños labios. Probablemente, al ver lo que ocurría, optó por esconderse dentro del horno y guardar silencio, pensó Alicia entre lágrimas de dolor. Cuando quiso darse cuenta, el piso se había convertido en un infierno y el horno en un improvisado ataúd. Alicia agarró su móvil y llamó a la policía.

Tras varias horas de interrogatorio y de caras de desconfianza e incredulidad, Alicia pudo regresar a su casa. Lo primero que hizo tan sólo entrar, fue abrir su ordenador y el documento word donde emocionada pudo leer:

- Gracias Alicia, ahora ya puedo descansar en paz.

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