domingo, 4 de octubre de 2009 | By: Laura Falcó

Zapatos


La policía estaba completamente desconcertada. Era el cuarto caso de asesinato con el que topaban y pese a que todos tenían algo en común, el móvil aún brillaba por su ausencia. No habían indicios de violencia, ni de abusos sexuales, ni de robo; sólo mujeres muertas por sobredosis de barbitúricos.

Barbara repasó una a una todas las fotos de las distintas escenas del crimen, pero seguía sin ver nada que justificase aquellos absurdos asesinatos. No había tampoco relación aparente entre sus víctimas. Era de suponer que el asesino aprovechaba cualquier despiste de su víctima para arrojar barbitúricos en su bebida. Luego, a bien seguro, esperaba atentamente a que estos empezaran a hacer reacción y se ocupaba de que nadie se percatara de lo ocurrido. Todas sus víctimas aparecían perfectamente sentadas, como si todavía estuviesen en vida.

-¿Por qué se tomará tantas molestias? Preguntó Barbara a su compañero.
-No lo sé. Contestó Henry.
-Tiene que haber un motivo para ello. Un asesino no se la juega a le descubran con un cadáver en público, a menos que tenga una razón para esperar hasta el último momento.
-¿Fetichismo?
-Quizás. Puede que no soporte ver a sus víctimas tiradas cual muñecos rotos.


Zapatos. De aguja, planos, de charol, de piel, de raso, elegantes, cómodos, deportivos; zapatos, muchos zapatos.

Vicky adoraba con autentica pasión esos complementos. Invertía una auténtica fortuna en vestir sus pies adecuadamente. Cada situación requería un calzado distinto, un calzado a la altura de las circunstancias. Cada mañana recorría visualmente su enorme zapatero buscando la pieza perfecta, el color indicado, la textura más afín con la ropa que iba a llevar, con la ocasión y con el tiempo. Por la noche, tomaba sus zapatos con suma delicadeza y tras limpiarlos con un fino paño, volvía a colocarlos en su preciso lugar dentro del zapatero. Se podía ir no muy bien peinada, vestida tan sólo correctamente, pero los zapatos,… los zapatos eran sagrados.

Como cada día, aquella mañana Vicky entró puntual a la oficina. Pero aquel día tenía algo de especial; iba a conocer a la nueva responsable de su área. Amanda Wickham tenía fama de ser una mujer implacable y una gran ejecutiva. Vicky estaba deseando conocerla y formar parte de su equipo. Seguro que Amanda era una mujer con clase, pensó. Nadie que se dedique al mundo de la moda puede permitirse el lujo de no tenerla.
Mientras esperaba su llegada empezó a buscar información sobre ella en Google. Sólo con poner su nombre la página se lleno de titulares.

Gran directiva deja la firma Versmache y ficha por Dotce Galana.
Llega a Dotce “el terremoto” de la moda.
Amanda Wickham cambia el rumbo de su imparable carrera profesional.

Entonces, Vicky dio a la opción de buscar imágenes. A juzgar por las fotos, Amanda era una mujer delgada y alta. Sus rasgos cetrinos y su hermoso cabello negro azabache le daban un toque un tanto sensual, a la vez que duro, e implacable. Era ciertamente una mujer hermosa aunque, a juzgar por los comentarios que se oían de ella en el sector, Amanda no debía ser demasiado fácil de trato. Algunos comentaban que pese a ser una fantástica profesional, Amanda adolecía de empatía y que trabajar con ella era un auténtico calvario. Sin embargo, Vicky no temía para nada esa faceta de Amanda; en el fondo ella era igual. ¿Qué necesidad había de entablar amistad con la gente de la oficina?, se preguntaba casi siempre. Vicky era fría, distante y muy exigente tanto con su trabajo, como con el de los demás. Aquel trabajo no era para pusilánimes, era para gente con garra, con carácter, con personalidad y sobre todo, para gente con estilo y perfeccionista.

Se acercaba la hora y Vicky sentía como el nerviosismo hacía presa en ella. Para ella era muy importante dar buena imagen, sentirse aprobada por sus superiores y estar a la altura de las circunstancias.

Pasaron diez largos minutos y la puerta de su despacho se abrió. El momento había llegado. Frente a ella estaban el director de la compañía acompañado por Amanda. Como de costumbre, Vicky recorrió visualmente a Amanda buscando en ella el canon de elegancia que cabía esperar. Traje crema de Chantel, pendientes y collar de Touis, bolso crema de Vuitron y zapatos…zapatos…

-¡Dios!
-¿Qué ocurre? Preguntó James Andrich, director de Dotce.
-No nada, es que sin querer he debido hacer un mal gesto y me ha dado un calambre. Contestó Vicky sin poder retirar la mirada de aquellos horribles zapatos azules de charol que, a bien seguro, debía haber comprado en cualquier mercadillo.

¿Cómo podía alguien llevar semejante par de zapatos? Aquello era impropio de una mujer como Amanda. Además, aquellos horrendos zapatos no combinaban para nada con el resto de su ropa.

-¿Está usted bien? Preguntó Amanda mirándose los zapatos desconcertada por la insistencia con que Vicky los observaba.
-Sí, sí, por supuesto.

Vicky llegó a su casa seriamente contrariada. Esperaba desde lo más hondo de su corazón que aquello hubiese sido algo puntual e irrepetible. Ella no podía ser como las demás.

A la mañana siguiente, Vicky esperó con ansia a que llegara Amanda. De hecho, cada vez que oía la puerta de la calle, no podía evitar asomarse. Por fin, a aquello de las nueve y media de la mañana Amanda llegó. Sólo verla entrar por la puerta Vicky dirigió su mirada hacia los pies.

-Negros, altos y de raso. Suspiró para sus adentros.

Aquello estaba francamente mejor. Luego siguió subiendo la mirada pero, para su disgusto, lo que vio a continuación no fue lo que esperaba encontrar.

-¿Tejanos y camiseta sport? Dijo en voz alta, sin poder evitarlo.

Amanda que oyó perfectamente aquel comentario se encaminó hacia ella y sin pelos en lengua el contestó:

-¿Tiene usted algún problema con mi vestuario Srta.Legraz?
-No, no… sólo que viéndola ayer tan elegante me ha sorprendido que hoy viniese de sport.
-¡Ah eso! Si no tengo algún acto público, prefiero vestir sport.
-Ya, ya…eso es perfecto.
-Celebro que lo apruebe. Y ahora si me disculpa…Contestó Amanda algo molesta por aquellos comentarios.

¿A quién se le ocurría combinar tejanos con zapato de vestir? Aquello era inaudito, insólito. Vicky se sintió tan mal, que creyó que iba a enfermar.

Los días fueron pasando y las atrocidades estéticas de Amanda seguían aturdiendo a Vicky hasta suponerle una auténtica obsesión. Una obsesión por otra parte muy familiar. ¿Por qué se empeñaban aquellas mujeres en no querer oír sus consejos?

Primero fue su vecina María. María era una chica joven, hermosa, pero con un sentido del gusto nefasto. Cada vez que Vicky tropezaba con ella en el ascensor tenía que desviar la mirada. Hasta aquel día, el día de la fiesta del barrio. Aquellas horribles botas tejanas colmaron su paciencia. Luego vino la mujer del metro. Aquella desconocida con la que coincidía cada mañana. Ella y sus horribles conjuntos. Vicky trató de hacerse amiga y de aconsejarla… pero no sirvió de nada. Después fue la cajera del supermercado. Pero claro, ¿qué nociones de estética cabía esperar de una cajera? Y por último, por último la chica del parque. Esa chica que cada domingo paseaba junto a su novio en el parque de enfrente de su casa. ¿Quién le daba derecho a enturbiar con su mal gusto sus placidos paseos del domingo por la mañana?

Pasaron los días y llegó uno de los días más esperados en el sector. Aquella mañana tenían uno de los actos más importantes de la temporada. Asistir a aquella cumbre de la moda no estaba permitido al resto de los mortales. Allí se iban a congregar los mejores modistas del mundo. Vicky seleccionó cuidadosamente su ropa, su bolso y como no, su calzado. Llegó como siempre puntual y esperó, no sin cierto miedo a que Amanda llegase.

-Seguro que hoy vendrá impecable. Pensó no sin sentir una cierta inquietud.

Ahí estaba, guapa, arrogante, con un traje pantalón gris marengo y abajo…

-¡Horror! Exclamó Vicky con la expresión descompuesta.
-¿Qué ocurre? Preguntó Amanda sin entender aquella reacción.
-Nada, sólo que no me encuentro demasiado bien.

-¡Zapatos blancos! Exclamó Vicky para sus adentros. Aquello era inconcebible. Nadie, salvo una novia, debía lucir zapatos de tacón de color blanco y menos con un traje gris marengo.

Vicky miró una y otra vez a Amanda sabiendo que no podía permitir aquella ofensa al mundo de la moda. Tenía que hacer algo. Como otras veces, Vicky sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Buscó una excusa para ausentarse unos minutos antes de ir a la pasarela y se acercó a su casa. Cuidadosamente, colocó en su bolso el frasco de barbitúricos y buscó en la habitación que dedicaba a “otros zapatos” unos de la talla y color adecuado. Cerró la puerta tras de sí y se fue directa al encuentro de Amanda.


-Otro caso de asesinato idéntico a los anteriores. Comentó Barbara con Henry.
-Eso parece.
-¿Alguien en la sala recuerda haber visto a la víctima con vida?
-Hay un par de testigos que estuvieron bastante rato hablando con ella.
-Hazlos pasar. Contestó Barbara
-¿Ahora?, ¿Aquí?
-Algo me dice que la razón por la que el asesino se preocupa de que sus victimas estén tan bien sentadas y colocadas, se nos está escapado. Quizás sería buena idea que alguien que vio a la victima con vida, la vea ahora y nos diga si hay algo que le llama la atención.
-No es ninguna tontería. Aunque el protocolo…
-¡A la mierda el protocolo! Exclamó Barbara

Estela Lapierre, diseñadora de la firma Dion miraba horrorizada el cuerpo inerme de Amanda.

-¡Pobre mujer!, ¿Quién pudo hacer esto? Decía Estela seriamente afectada.
-Dígame, ¿Hay algo que le llame la atención?
-¿Algo como qué?
-No lo sé. Algo distinto, algo fuera de lugar…

Estela revisó atentamente el cuerpo de Amanda.

-Ahora que lo dice…
-¿Qué?
-Amanda no llevaba esos bonitos zapatos grises.
-¿Cómo?
-Llevaba unos horribles zapatos blancos. Creo que todas nos fijamos en ellos.

Mientras Estela volvía a la sala, Barbara y Henry no salían de su asombro.

-¡Zapatos! Exclamó Barbara.
- En seguida doy orden de que revisen todos los zapatos que llevaban las otras mujeres.

A la semana, Vicky fue detenida y juzgada por los cinco asesinatos. Esta vez, desgraciadamente, cometió un enorme fallo, su víctima tenía tan mal gusto, que las demás personas también se dieron cuenta de ello. En el juicio, cuando el juez preguntó a la acusada como se declaraba, Vicky tan sólo dijo:

-Inocente señoría. Las culpables eran ellas por atentar contra la elegancia.

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