lunes, 26 de octubre de 2009 | By: Laura Falcó

Testamento


El notario abrió lentamente el documento donde estaban las últimas voluntades de Bertol Greendy. Todos en la sala contenían la respiración. Aquel estúpido viejo tenía una auténtica fortuna y quien más o quien menos, iba a salir de allí siendo millonario.

“Yo, Bertol Greendy, en pleno uso de mis facultades mentales he decidido dejar todos mis bienes a aquel familiar que, tras pasar tres días y tres noches en el viejo castillo de Hamshire, salga de él por su propio pie y con todas sus facultades mentales intactas. Con ese fin, mi apoderado tendrá un gabinete médico a disposición del ganador. En el caso de nadie consiga superar esta prueba, todo mi capital irá a la fundación Bertol Greendy para causas sociales”

-¿Cómo? Contestó su hijo Bertol II, indignado por semejante majadería.
-¡El viejo no podía estar cuerdo cuando escribió tal cosa! Exclamó su sobrina Melody.
-Bertol fue siempre muy retorcido. Apuntó su hermana Margaret.
-¿Y ahora qué? Preguntó Sam, el marido de Jane, la única hija de Bertol.
-¿Se puede impugnar? Requirió Stewart, el hijo menor del difunto.
-Pero,..¿ a qué le tenéis miedo? Demandó Clara, la mujer de Jonas, segundo hijo de Bertol.

Todos miraron a Clara con estupefacción.

-¿Tu marido no te contó lo de ese viejo castillo? Preguntó Melody asombrada
-No, no pensé que hiciese falta. Contestó Jonas algo contrariado por la situación.
-¿Y que ocurre con el castillo? Preguntó Clara a su marido.
-Verás, es una historia muy larga. Ese viejo castillo ha pertenecido a la familia desde siempre y de hecho fue el hogar de nuestros antepasados hasta que ocurrió la desgracia.
-¿Desgracia?
-Sí. Una noche, mientras nuestro tatarabuelo estaba de viaje, uno de sus hijos enfermó de peste. Su mujer, asustada y temiendo ser repudiada por toda la nobleza, prefirió no decir nada y cuidar de su hijo hasta el regreso de su marido. Cuando Maximiliano regresó era demasiado tarde. Su mujer y todos sus hijos acabaron muriendo de peste bubónica. Cuentan que Maximiliano hizo enterrar a su familia en el viejo castillo y, atormentado por sus almas, lo mandó clausurar para siempre, echando sobre el edificio una maldición para que nadie más entrara en él. Años más tarde, Maximiliano se volvió a casar y tuvo más descendencia. De esa unión nació nuestro bisabuelo.
-¡Vaya historia! Pero… ¿Nadie ha vuelto a entrar ahí desde entonces? Exclamó Clara.
-Bertol lo hizo hace muchos años y juro no volver a entrar. Quien lo ha intentado ha muerto o se ha vuelto loco. Contestó Margaret.
-El viejo majadero nos la ha jugado a todos. Prometió no dejar un duro a nadie y lo ha conseguido. Exclamó Bertol II.

Clara miró a todos y con suma tranquilidad apuntó:

-Yo iré en representación de todos.
-¿Cómo? Contestó Jonas mirando a su mujer con desconcierto.
-No creo en maldiciones, ni en nada parecido.
-¡No sabes lo que dices! Exclamó Jane invitando a Jonas a contener a su esposa.
-He dicho que iré y se acabó. Contestó Clara con suma seguridad.
-¡Bravo por la muchacha! Increpó Stewart en una mezcla de burla y admiración.
-¿Cómo vas a ir tú sola? Interrumpió Jonas temiendo por su mujer.
-¡Yo la acompañaré! Contestó Stewart.

Una mezcla entre tranquilidad, miedo y desconfianza se instaló en el seno de aquella familia.

-¿Quién nos asegura al resto que luego repartirán la herencia? Preguntó Melody.
-Si no te fías, vente tú primita. Contestó Stewart.
-Tendremos que confiar los unos en los otros. Señaló Margaret.


Clara miró atentamente aquel inquietante y lúgubre edificio que, en otra época, fuera representante de la más exquisita nobleza. En sus enormes ventanales, rotos algunos por el paso del tiempo, se podían ver hermosos mosaicos de colores que teñían, a bien seguro, el interior de aquel inhóspito lugar.

-Recuerden que las puertas de acceso estarán cerradas y todas las ventanas han sido debidamente bloqueadas. Apuntó el notario.

-¿Y si ocurre algo y debemos salir? Preguntó Stewart.

-Les dejo un teléfono por si deciden abandonar. Llámenme en cualquier momento y estaré aquí en media hora. Si no ocurre nada imprevisto el jueves por la mañana, a las nueve en punto, pasaré a por ustedes.

-De acuerdo, nos vemos el jueves. Contestó Clara.

El notario abrió aquella enorme puerta de hierro forjado y ambos pudieron acceder al interior.

-Hemos revisado todas las instalaciones y aunque son antiguas, el lugar está en condiciones para ser habitado.
-Sí, seguro…Dijo Stewart mirando el deplorable estado en que estaba aquel mausoleo.
-La nevera es nueva y está repleta. Una cosa es pasar aquí tres noches y otra, matarles de hambre. Dijo el notario con una media sonrisa.

La puerta se cerró y, aunque estaban solos, una extraña sensación de sentirse acompañados hizo presa en ellos. Para su tranquilidad, recorrieron toda la mansión de punta a punta y, salvo viejos y decrépitos muebles, algunas arañas y mucho polvo, estaban completamente solos.

-Deberíamos ver dónde vamos a dormir y si hay sábanas y esas cosas ¿no crees? Comentó Stewart
-Sólo pensar en acostarme en una de esas camas me da ictericia.
-Al menos en las camas estaremos a salvo de cucarachas y arañas ¿no?
-Visto de ese modo...Suspiró Clara.

El día fue avanzando y en la cabeza de Clara algunas piezas del puzzle no acaban de cuadrar.

-¿Quién dirige la fundación Bertol?

Stewart se quedó por un momento pensativo.

-Si te soy sincero no estoy seguro. Siempre supuse que la lideraba el sólo pero, indudablemente, ha de haber alguien más detrás.
-¿Quién? ¿Alguien de la familia?
-No tengo ni idea. ¿Por?
-Porque sea quien sea el actual responsable, no ha de tener ningún interés en que salgamos de aquí.
-Visto así...De todos modos, el trato del viejo con la familia ha sido siempre distante. No imagino a ninguno de ellos colaborando con él.
-¿Y eso?, ¿Qué es lo que os ha llevado a ese distanciamiento?
-Es una larga y aburrida historia.
-¿Tienes algo mejor que hacer?
-La verdad es que no.
-¿Entonces?
-Pues verás, cuando mi padre heredó este palacio, decidió restaurarlo y venirse a vivir aquí. Mi hermano Bertol tenía tres años y Jonas acababa de cumplir uno. Ana, que así se llamaba su mujer, empezó a tener alucinaciones y visiones extrañas, pero Margaret, mi tía, convenció a mi padre de que aquello no tenía más importancia. Ana terminó por suicidarse colgándose en su habitación. Bertol jamás perdonó a Margaret por ello.
-¿Y el resto?
-Pues a Bertol y a Jonas los empezó a apartar porque le recordaban a Ana y porque se sentía culpable de que crecieran sin madre. Les crío una nana.
-Abigail ¿no?
-Efectivamente. Después, como puedes imaginarte, papá volvió a casarse y nacimos Jane y yo. Pero nada fue lo mismo. Mi padre jamás olvidó a Ana y mi madre, que le amaba con locura, acabó por caer en una depresión y poco a poco fue haciendo su vida. Al tiempo, se enamoró de otro hombre y nos abandonó a todos.
-¿Y Jane y tú?
-Supongo, que desde su punto de vista la historia se repitió y volvió a sentirse sólo y nuevamente Abigail ocupó el lugar de la madre. A partir de ese momento mi padre se sintió traicionado y abatido y decidió centrar su vida en los negocios. Lo cierto, es que mis recuerdos de él durante mi infancia son muy pocos.
-¡Vaya historia!
-La verdad es que el hombre no tuvo demasiada suerte.
-¿Y Abigail?, ¿Qué fue de ella?
-Cuando crecimos dejó de ser útil y poco a poco se fue desligando de la familia.
-¿Y habéis vuelto a saber de ella?
-Pues, no.
-¡Pobre mujer!
-¿Por?
-¿Cómo puedes ser tan ciego? Esa mujer os crió a todos como sus hijos y luego vosotros la ignorasteis y la tratasteis como a una vulgar criada.
-Ahora que lo dices, nunca pensé en Abigail de esa forma.

De pronto, tras la puerta de la biblioteca una voz muy familiar contestó indignada y entre lágrimas:

-Ni tú, ni ninguno de tus hermanos.

Stewart y Clara se giraron sobresaltados y bajo el marco de la puerta vieron a mujer que les apuntaba con un arma.

-El único que me quiso fue vuestro padre pero claro, no estaba bien de cara a sus hijos que un noble se liara con su criada. Siempre su miedo a que vosotros no lo aceptarais.
-¡Dios mío! ¿Qué haces tú aquí Abigail? Dijo Stewart sin salir de su asombro.
-Yo soy la persona a la que tu padre legó la fundación pero claro, incluso muerto siempre estáis vosotros antes…
-Abigail, ¿podemos hablar tranquilamente de esto? Preguntó Clara asustada por la situación.
-Tú no sabes nada. Yo les amé como a mis hijos y ellos, ellos tan sólo me trataban como a la fregona.
-Te entiendo mejor de lo crees pero, ¿qué vas a solucionar con esa pistola?
-¡Ya que nunca tuve su amor al menos tendré su dinero! Dijo blandiendo el arma en dirección a Stewart.
-Si de verdad le quieres como una madre no puedes dispararle. Apuntó Clara tratando de disuadirla.
-¿Porqué tuvisteis que venir aquí? Con lo fácil que era renunciar a todo.

Entonces, en algo así como un ataque de lucidez Stewart hizo la pregunta que nadie esperaba.

-Fuiste tú la que provocaste el suicidio de Ana ¿no?

Clara, paralizada por el miedo y aturdida por aquella pregunta miraba estupefacta a Abigail.

-Chico listo. Siempre supe que todos los hermanos eras por mucho el más inteligente.
-¿Por qué?
-Porque amaba a tu padre desde el primer día que le vi, pero el sólo tenía ojos para ella.

Mientras Abigail hablaba, Stewart trató de pensar en cómo salir de aquel embrollo.

-Yo y mis hermanos siempre te quisimos como una madre ¿lo sabes no? Dijo Stewart para el asombro de ambas mujeres.
-No mientas, eso no es propio de ti. Respondió Abigail con el rostro desencajado y la mirada perdida.
-No miento, lo que digo es cierto, pero papá nos alejó de ti.
-¿Cómo? Preguntó Abigail con voz temblorosa descolocada por aquella afirmación.

Clara miró a Stewart y rápidamente creyó entender el propósito de sus palabras.

-Papa no te quería como esposa, sólo para pasar el rato y por eso nos pidió que te ignorásemos y que te apartásemos de nuestro lado. Ahora que ya no está podemos tratar de ser una verdadera familia.
-¡Eso no puede ser cierto! Exclamó Abigail rota por el dolor.
-¿Por qué no bajas ese arma y dejas que te abrace y te bese?

Abigail deshecha en lágrimas, dejó caer el arma al suelo mientras Stewart se acercaba para abrazarla. Sin dudarlo, Clara se lanzó a por la pistola.


-Jamás imaginé que Abigail y papá…dijo Jane mientras Stewart les contaba todo lo ocurrido.
-Si os llega a pasar algo te juro que yo…Suspiró Jonas mientras abrazaba a su esposa.
-La pobre mujer pasó toda su vida obsesionada con vuestro padre y tratando de ser la madre perfecta. A cambio sólo obtuvo algo de sexo y mucho desprecio. Realmente me da mucha pena. Comentó Clara mirando al resto de la familia.
-Espero que se pudra entre rejas por lo que le hizo a mi madre. Contestó Bertol II
-¿Y el dinero?, ¿Qué va a pasar ahora con el testamento?Preguntó Melody.
-Tras la detención de Abigail el testamento quedará impugnado y el dinero pasará a manos de la familia. Apuntó el notario.

Abigail fue condenada a cadena perpetua y en el juicio, cuando fue declarada culpable, tan sólo dijo:

-Sí, culpable por querer con toda mi alma a un hombre.

1 comentarios:

Peter Mathius dijo...

Es verdaderamente Impresionante lo que una mujer "Por Amor" y "Dinero" puede llegar a hacer... nos pierde la codicia, como seres humanos que somos además del "Egoísmo Puro y Duro"... Sensacional Láura, una vez más me dejaste "Anonadado" con tu Relatillo Corto.-

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