viernes, 22 de octubre de 2010 | By: Laura Falcó

Y todavía te quiero

Creí que el tiempo borraría las huellas. Pensé que sería capaz de olvidar, de desterrar todo lo que un día sentí. Quizás pensé que “el después” sería de otra manera.

Cuando nos despedimos, juré alegrarme por él si rehacía su vida; pero nada más lejos de la realidad. Era incapaz de pasar página, seguía llevándole a fuego bajo mi piel, como si el tiempo no hubiese pasado. Hacía algo más de un año desde que todo terminó, pero para mí, el tiempo se detuvo en el mismo instante en que salió de mi vida. No era capaz de pensar en él de un modo distinto, era incapaz de dejar de quererle, pese a que sabía que tenía que hacerlo. Eran tantos los recuerdos acuñados en mi mente, las palabras que nos dijimos, las promesas que se quedaron en el tintero... Eran muchas las cosas que habíamos vivido juntos. De hecho, apenas tengo recuerdos de mi vida antes de él. Fueron tantas las noches en vela comiéndonos a besos, desleída entre sus manos, sintiéndole tan dentro de mí, que ahora pensar en verle cerca de otra mujer, entre otros brazos, me quemaba las entrañas. Si al menos pudiese evitarle, estar lejos de él...

Esperando, agazapada frente a su ventana, como otras muchas noches, temía el momento de verle entrar en casa. Esa actitud casi enfermiza estaba consumiéndome, llevándome hasta la locura. Si llegaba solo, imaginaba que todavía formábamos parte de un todo indisoluble, de un todo perfecto. Le observaba mientras se desnudaba y soñaba con compartir, como tiempo atrás, su cama, su vida, su mundo. Me deleitaba recordando cada escollo de su piel, aquella de la que por tanto tiempo me sentí ama y esclava. Dejaba que el pasado me engullese tratando de obviar que el presente ya no era como yo deseaba. Esos eran los únicos instantes de felicidad que me quedaban, los únicos momentos de paz que aún tenía.

Otras veces, temblaba por no verle llegar con otra y saber que ya no era mío. Desde la penumbra, trataba de cerrar los ojos y contener la curiosidad. Sabía que si los abría partiría por una vez más mi alma en mil pedazos. Dios sabe cuantas lágrimas he derramado ya por su ausencia, por este vacío, por verle amando a otra mujer. El dolor de verle besar otros labios, de verle abrazar a otro cuerpo, de verle sentir de aquel modo con otra, era la peor de todas las torturas. A veces, desesperada deseaba que supiese de mi sufrimiento, de mi soledad, de mi dolor, pero luego, recordaba cuan injusto sería hacerle volver al pasado, a los recuerdos de algo que no pudo ser y que jamás se repetiría. Entonces, tratando buscar consuelo en algún rincón de mis entrañas, probaba rememorar los buenos momentos y lo felices que una vez fuimos, pero eso, ya no me bastaba.

Ese tormento, esa condena eterna, ese castigo impuesto del que era presa, del que no podía huir, se me antojaba injusto, cruel e inhumano. Tan sólo una idea rondaba mi mente a todas horas; quería fundirme, quería desaparecer, me quería morir. Desgraciadamente, esa ya no era una opción para mí, yo ya estaba literalmente muerta. Cuando aquel terrible cáncer se me llevó de su lado un año atrás, lo que jamás pude imaginar es que la muerte sería así de despiadada, así de cruel.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Es precioso, me encantó

Anna Jiménez Plaza dijo...

precioso relato! me encanta como escribes...
Acabo de descubrir tu blog de casualidad y creo que me van a enganchar tus historias! Te sigo desde ya!
Un saludo :)

miagendasetting.blogspot.com

Laura Falcó dijo...

Gracias a ambas

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