viernes, 11 de marzo de 2011 | By: Laura Falcó

Oscuridad


Abrió los ojos lentamente y alzó el brazo tratando de apagar el despertador. Todo seguía igual, pensó. Después de meses oyendo todo tipo de supercherías, Alan se sintió vencedor. Allí estaba él, allí seguía su casa, su despertador, su vida…Estaba ansioso de que llegara el fin de semana para poder restregarles a todos la sarta de sandeces que habían dicho. Había que ser analfabeto para creer a pies juntillas toda aquella fábula sobre el 2012, pensó. Según los cálculos mayas, que su vecino Peter defendía con uñas y dientes, la noche del 21 de diciembre de 2011 una alineación atípica del sol y la tierra iba a ocasionar un caos energético. La tierra no volvería a ser la misma y el mundo se vería abocado al fin de los tiempos. Eso, junto con un conjunto infinito de teorías deterministas y a cual más disparatada, alimentaba la sed catastrofista de algunos de sus amigos. Hoy era 22 de diciembre de 2011 y todo seguía igual.
Se incorporó y tras desperezarse durante un par de minutos, Alan se dispuso a levantar la persiana. Extrañado, miró nuevamente el despertador. Eran más de las ocho de la mañana pero, a juzgar por el cielo y por la oscuridad que seguía sobre sus cabezas como si de plena noche se tratara, el día no parecía querer dar la cara aquella mañana. Sorprendido por tanta negritud Alan se asomó al balcón y no pudo evitar ver a otros vecinos que, como él, admiraban en la calle, frente al parque, la profundidad del negro cielo. Sacudió con fuerza la cabeza como tratando de despertarse del todo. Sin embargo, al volver a abrirlos, la ausencia de luz seguía siendo extrema. Observó el cielo preocupado. No era tan sólo una falta de sol lo que le producía aquella angustia. No quedaba rastro alguno de la luna, o las estrellas; el cielo lucía inmenso, eterno y vacío, como jamás lo había visto antes. ¿Era aquello a lo que se referían sus amigos cuando hablaban del final de los tiempos?

Regresó a la habitación y se vistió con agilidad, como si el tiempo fuera un factor básico para la supervivencia. Entonces pensó en llamar a Peter. Quizás el pudiese explicarle la razón de ser de todo aquello. Quizás el supiese cual iba a ser la continuación a aquel despropósito. Levantó el auricular, pero el silencio reinaba al otro lado. Era como si el teléfono se hubiese aliado con el cielo para estar también ausente. Notó como su respiración se aceleraba. El, un ser tan sumamente científico y matemático, se estaba viendo inmerso en algo ilógico, incomprensible. Recorrió la casa tratando de averiguar que otros aparatos habían sufrido variaciones en sus comportamientos. Era como si el fluido eléctrico hubiese caído en barrena y hubiese anulado todo vestigio de modernidad de sus vidas. ¿Cómo iba ahora a calentar su café?, Pensó para sus adentros. Intranquilo, Alan empezó a dar vueltas en círculo por la habitación. Se sentía bloqueado, atrapado en una mente científica y acotada que no le permitía ver más allá de lo obvio.

Alguien golpeó la puerta de su casa con los nudillos. Esperaba que fuera Peter con respuestas. Trató de ver por la mirilla, pero no conseguía ver nada, la oscuridad era espesa. Abrió la puerta lentamente, como temiendo que aquella negritud entrase en su vida.

-Hola Alan. Dijo Peter desde el umbral.- ¿puedo pasar?
-Por supuesto. Exclamó Alan tratando de desclavar sus pies de la entrada.

Sus ojos le miraban fijamente buscando respuestas.

-No sé mucho más que tú, sólo que ha pasado. Parece que es algo global, algo de gran escala. Dijo Peter adelantándose a sus preguntas.
-¿Y ahora?, ¿Qué viene después?
-Ciertamente no lo sé. En ningún texto hablan del después más allá de meras frases poéticas hablando de un futuro distinto.
-Alguien…en algún sitio….
-Nadie. Contestó Peter. La gente, los políticos, estarán tan asustados o más que nosotros. ¿Crees que alguien se tomó en serio los avisos? La mayor parte de la población es como tú, puros agnósticos.
-Pero cómo…. ¿Cómo vamos a sobrevivir sin luz?
-No lo sé. Contestó Peter con franqueza.
-La vida sin el calor del sol es imposible.
-Lo sé.
-Has pensado alguna vez en las consecuencias de la falta de sol.
-Seguro que me dejaría un ochenta por ciento de ellas.
-¿Entonces?, ¿Qué vamos a hacer?
-¿Morir? Contestó Peter en tono irónico y con una gran dosis de pragmatismo.
-Voy al baño. Apuntó Alan con el rostro desencajado.

En aquel instante Peter sacó de su bolsillo el teléfono móvil y dirigiéndose a la otra punta de la casa llamó a Fred.

-Se lo ha creído. Está totalmente descompuesto, se lo ha tragado todo. Dijo en voz baja entre risas.
-Le está bien empleado, por reírse de nosotros.
-Creo que ya deberíamos decirle la verdad. Está muy afectado.
-Bien, le digo a Tom que avise a los actores de la calle de que ya pueden irse a sus casas.

Colgó el teléfono y mientras hacía tiempo esperando a que Alan saliese del baño, empezó a poner los relojes de la casa en hora. Luego, conectó nuevamente los teléfonos y abrió el armario de la entrada accionando los magneto térmicos del cuadro de luces de la casa. La verdad es que había sido complejo entrar en casa de Alan mientras dormía para desconectar la luz y cambiar los relojes, pero había valido la pena. Ahora Alan no volvería a reírse de ellos. Encendió las luces del salón y esperó pacientemente a que su amigo saliese del baño. Cuando le dijese la verdad iba a matarlo, pensó con una sonrisa irónica dibujada sobre su cara.

-¿Alan?, ¿Estás bien? Dijo Peter arrimado a la puerta del baño viendo que Alan no salía.

No hubo respuesta.

-¿Alan?

El baño estaba en silencio. Llevaba demasiado tiempo allí dentro. Asustado por aquella ausencia de respuestas, Peter golpeó la puerta con toda su fuerza tratando de tirarla abajo. Tras tres intentos, la puerta finalmente cedió.

Allí, en el suelo, tendido, estaba Alan. Peter corrió a su lado y poniendo la cabeza sobre su pecho trató de comprobar si seguía vivo. A su lado, un bote de somníferos medio vacío llamó su atención. En su pecho reinaba el silencio más absoluto.

-¡Dios mío, Alan! Pero, ¿qué has hecho? Era una broma, tan solo una puta broma… ¡Joder!


A veces, los que creemos en aquellas cosas que no se pueden ver, confundimos el supuesto escepticismo de los demás con el miedo. Es más fácil negar la existencia de algo, que admitir que la posibilidad de que sea real nos aterra.

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