miércoles, 18 de febrero de 2009 | By: Laura Falcó

La nave


Llevaba toda su vida estudiando viejos tesoros, tesoros que, escondidos en viejos galeones que habían naufragado hacia muchos años, guardaban tras de si un trozo de la historia. Había descubierto ánforas, instrumentos musicales, joyas, reliquias...Había recorrido medio mundo y había visto naves de todos los tamaños y condiciones; pero ninguna así. Ninguna de aquellas naves se conservaba como aquella, ninguna guardaba intactos sus salones, sus camarotes, la sala de máquinas...intactos hasta el punto que, por algún extraño motivo que nadie podía explicar, el agua no había conseguido penetrar en ellos. Era como si se hubiera generado una cámara de aire a más de 4.000 metros de profundidad; algo altamente improbable.

Entró en la nave no sin un cierto respeto. Estaba todo tan perfecto, tan bien conservado que al entrar se sintió como un extraño, como un ladrón. Parecía que los pasillos, los cuadros, las estancias le estuviesen esperando. Se sentía observado, vigilado, como si aquel viejo Galeón tuviese ojos. Mientras deambulaba por aquellos largos pasillos algo empezó a descuadrarle. ¿Dónde estaban los restos humanos? Pese a que aquella nave debía llevar allí más de 75 años, era francamente extraño que no quedase ni rastro del pasaje y más teniendo en cuenta que la atmósfera estaba en perfectas condiciones.
Siguió andando hasta llegar al salón principal. Una enorme lámpara de araña adornaba aquella hermosa sala. Aquel debió ser un barco de lujo a juzgar tanto por el tamaño como por los materiales y los acabados. Todavía se podían apreciar sobre los verdes tapetes de juego algunos naipes desparramados. Era como si más allá del hundimiento nada hubiese alterado la paz de aquella nave. Los objetos, las sillas, los vasos, lejos de estar tirados y rotos en mil pedazos permanecían perfectamente ubicados en su situación inicial. Todo guardaba un perverso y armónico orden. Al fondo de la sala, un hermoso piano de cola ponía el broche a tan idílica visión.

Hans recorrió lentamente la sala. A diferencia de otras veces, no sentía la prisa de recorrer el barco de forma acelerada temiendo quedarse sin aire. Ya hacia rato que se había sacado las aletas y había dejado las botellas en un rincón. En lo alto de las mesas había toda suerte de objetos. Relojes, anillos, abanicos, alhajas...era como si sus propietarios se los hubiesen sacado cuidadosamente y los hubieran colocado sobre las mesas. Hans llegó al final de la sala y abrió la tapa de aquel bonito piano de cola. Se sentó en el banco y tocó algunos acordes. Seguía perfectamente afinado. Se incorporó y empezó a andar hacía el pasillo que llevaba a los camarotes cuando un último acorde de aquel hermoso piano sonó a sus espaldas. Hans dio un brinco y miró inmóvil a aquel viejo instrumento.

- ¿Hay alguien...?

No se oía ningún ruido. El silencio era ensordecedor. Hans miró inquieto a ambos lados. Se apoyó en la pared y respiró hondo. Todo debía ser fruto de su imaginación pensó. Se incorporó nuevamente y siguió recorriendo aquel barco. Entró en todos los camarotes y nuevamente la perfección con que los objetos se hallaban dispuestos sobre los muebles volvió a sorprenderle.

De pronto, oyó tras de sí un gran murmullo. Eran voces que se confundían con la música de aquel viejo piano. El ruido provenía del salón principal.

- ¡No puede ser! Dijo para si mismo

Recorrió nuevamente aquel pasillo pero esta vez con mayor premura. Su corazón latía rápidamente. ¿Qué podía ocasionar aquellos ruidos? No había nada que pudiera explicar aquello. Era como si el barco hubiese cobrado vida. Como si la actividad que una vez tuvo hubiese regresado a su seno.

Llegó al umbral de la puerta del salón. Estaba cerrada. Tomó no sin temor y nerviosismo el pomo entre sus dedos y la abrió lentamente.


- ¡Bienvenido a su nuevo hogar Señor Finge! Exclamó un miembro de la tripulación a la entrada al salón.

Hans inmóvil, paralizado por una mezcla inexplicable de sensaciones miró de un lado a otro del salón. La estancia estaba llena de gente de otra época jugando a las cartas, bebiendo, bailando...como si el tiempo se hubiera detenido. Fue entonces cuando Hans lo comprendió todo. En algún momento de aquella expedición el aire que estaba respirando dejó de ser puro y pasó a ser tóxico. Hans estaba muerto, como el resto del pasaje de aquel extraño pero magnífico barco.

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