domingo, 22 de febrero de 2009 | By: Laura Falcó

La autostopista

Cogieron los camiones como cada semana hacia Zaragoza. Si salían de Barcelona sobre las ocho de la tarde se plantaban allí a las diez y media. Solían parar a cenar algo sobre las nueve y media, en una de las áreas del camino y así, al llegar al motel se metían en la cama directamente. El camino era ciertamente tranquilo y poder cenar acompañado de otro camionero lo hacía más ameno.

Llegaron a la altura de los Monegros cuando Carlos avisó por radio a Miguel.

- ¿Miguel, me copias?
- Te copio alto y claro.
- ¿Paramos en la próxima área?
- Ya te dije que te revisaras la próstata antes de viajar...ajajaja
- Jajajaj. So cabrón, la próstata está en perfecto estado, el que protesta es el estómago.
- De acuerdo, salimos en la siguiente.

Tardaron apenas diez minutos en tomar el desvío y una media hora en tomarse un par de bocadillos y unas cervezas. Era preferible llegar temprano al motel, a la mañana siguiente había que madrugar y tenían bastante curro. Acabaron de comerse los bocadillos y volvieron a ponerse en marcha. Aquella noche, algo iba a cambiar sus vidas para siempre.

- ¿Charlie, estás ahí?
- Dime Miguel.
- ¿Ves lo que yo veo?
- ¿El qué?
- Esa rubia en el arcén haciendo autostop
- No jodas Miguel, no te metas en líos.
- Claro, tu como tienes chorba fija…
- Sabes que tenemos prohibido subir a nadie.
- ¿Lo vas a contar?
- Sabes que no, pero yo sigo. Paso de follones.
- Okey, nos vemos mañana.
- Vete con ojo, ¿vale?

Miguel paró el camión en el arcén y recogió a aquella muchacha. Mientras, Carlos siguió rumbo a Zaragoza.

Siete de la mañana. Carlos se levanta, se ducha y baja a desayunar. A las ocho y media tienen que estar descargando y volviendo a cargar el remolque en la fábrica de acero. Llega al bar del motel y no ve a Miguel.

- Seguro que tras la juerga de ayer hoy se levanta más tarde. Piensa mientras se sirve unas tostadas con mermelada.

Ocho de la mañana, Miguel sigue sin aparecer y Carlos se impacienta y pide a la recepcionista que avise a su compañero.

- ¿Miguel Arroyo?
- Sí, Miguel Arroyo. Llegó ayer por la noche.
- Lo siento pero, salvo usted, ayer por la noche no hubo ningún otro registro.
- ¿Está usted segura?
- Y tanto. Lo lamento pero aquí no hay nadie registrado con ese nombre.

Carlos se quedó atónito y bastante preocupado. La única alternativa era que después del ajetreo, se acabase durmiendo en el camión. Así que, sin dudarlo, fue a su camión con el fin de llamarle por radio.

- ¿Miguel copias?

No hubo ninguna respuesta.

- ¡Miguel joder!, que se nos va a caer el pelo, macho.

Nadie contestaba, sólo el silencio. Carlos no sabía que hacer. Decidió entonces dirigirse el sólo a la fábrica. Si al menos llegaba uno de los dos, la bronca no sería tan sonada, pensó. Además, igual Miguel había ido directamente y tenía la radio desconectada. Cuando Carlos llegó a la fábrica vio par de coches de policía aparcados justo en frente y al gerente hablando con ellos. Se acercó y aparcó el camión en la zona de descarga como cada vez. Ni rastro de Miguel, pensó. Bajó del camión y el gerente de la fábrica, acompañado de los policías, fue hasta donde estaba él.

- ¿Carlos Huarte? Preguntó uno de los agentes
- Sí, soy yo.
- ¿Cuándo vio al señor Miguel Arroyo por última vez?
- ¿A Miguel?
- Sí
- ¿Qué ocurre?
- Han encontrado al señor Arroyo muerto en un área de descanso de la autopista.
- ¿Qué?

Carlos no daba crédito a sus oídos. Miguel asesinado. Eso era lo último que hubiese pasado por su cabeza.

- ¿Cuándo vio al señor Miguel Arroyo por última vez? Repitió el policía
- Ayer después de cenar en un área de los Monegros. Yo seguí hasta Zaragoza y el paró a recoger a una autostopista.
- ¿La podría describir?

Carlos estaba en estado de shock.


Habían pasado dos meses tras la muerte de Miguel. La policía continuaba sin ningún tipo de pistas. Ni rastro sobre la supuesta autostopista. Por lo que Carlos pudo averiguar, encontraron a su amigo sobre el asiento delantero, con los pantalones bajados y lleno de sangre. Al examinar el cadáver pudieron ver que sus extremidades habían sido seccionadas y tiradas a unos metros del camión. Miguel murió desangrado. Desde entonces, Carlos no había vuelto a hacer la ruta de Zaragoza, había tratado de evitarla. Pero, aquella tarde, no le quedó más remedio. Se pasó todo el camino con la extraña sensación de que, en cualquier instante, oiría la voz de Miguel por la radio. Paró como siempre a cenar a la altura de Los Monegros, aunque esta vez, una gran sensación de vacío y de tristeza hizo mella en él. Acabó su bocadillo, tomo un trago de cerveza y reemprendió la marcha. No había avanzado ni 300 metros cuando a lo lejos, en el arcén vio a una mujer rubia.

- ¡Dios es ella! Exclamó sobresaltado.

Agarró el micrófono de la radio y trató de avisar a la policía. Nadie contestaba. En su cabeza las ideas se agolpaban sin saber que debía hacer. Finalmente, decidió parar. Iba a ser el mismo quien la llevase hasta la comisaría más cercana, pensó. Mientras se acercaba al arcén, agarró el bate de béisbol que solía llevar siempre por seguridad y lo puso a su vera.

- ¿A dónde se dirige?
- A Zaragoza.
- Suba, yo la llevo.
- Gracias.

Carlos no le quitaba ojo de encima. La chica apenas hablaba y se limitaba a mirar por la ventanilla. Al cabo de unos kilómetros, justo cuando acababa de pasar el área de descanso donde Miguel fue asesinado, la chica miró a Carlos y dijo:

- Tú no eres como todos ellos.
- ¿Perdón?
- A mi me violaron y me asesinaron hace diez años.
- ¿Cómo?
- Yo estaba haciendo autostop cuando un caminero me recogió. Cuando llegamos a esta área de descanso paró su camión, me violó y luego me mató.
- Pero… ¿Qué coño de historia me estás contando?, ¡tu mataste a Miguel!
- Sí, a Miguel y a otros muchos que, como el, trataron de abusar de mi.
- ¿Qué?
- Ahora tan sólo busco venganza…

De repente, como si de un truco de magia se tratase, la chica se desvaneció ante los ojos de Carlos.

Cuentan los ancianos del lugar que todos los camioneros de esa zona conocen perfectamente esta leyenda y que por eso, jamás recogen a las muchachas que hacen autostop. Pero siempre hay algún camionero de fuera, que desconoce esta vieja leyenda, dispuesto a socorrer a una joven y guapa muchacha en apuros.

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