miércoles, 3 de junio de 2009 | By: Laura Falcó

Accidente

La unidad de atestados recorrió toda zona sin éxito. Llevaban casi dos horas inspeccionando el área pero no habían encontrado nada, salvo el coche.

- ¿Dónde puede estar el cuerpo? Preguntó Ana a su compañero.
- Es muy extraño. Un accidente tan aparatoso y la víctima está desaparecida.
- Además, no hay donde esconderse.
- Una carretera, cuatro árboles, una valla de contención y un prado verde. Ni un rincón donde agazaparse.
- ¿Crees que pudo salir por su propio pie?
- No lo creo. A juzgar por el agujero del parabrisas el cuerpo tuvo que salir disparado del coche. A esa velocidad es difícil sobrevivir.
- Quizás alguien vio el accidente y decidió llevar al conductor a un hospital. ¿No crees?
- La científica está hora buscando huellas o posibles rastros. Si eso fue así no tardaremos en hallar algún indicio.
- De todos modos, si lo hubiesen llevado a un hospital ya tendríamos un aviso ¿no?
- Efectivamente, tu no puedes ingresar a un herido con politraumatismos sin más. En los hospitales suelen dar el aviso ante este tipo de ingresos.

Ana volvió a recorrer lentamente la escena. A juzgar por la orientación del coche y el impacto de este en aquel viejo sauce, el cuerpo no podía estar lejos. Era como si la tierra se lo hubiese tragado. No había restos de sangre, ni de pasos y eso que a aquella hora el sol estaba en su máximo esplendor.

A juzgar por la temperatura del motor y por otros análisis que había realizado la científica y que Ana no alcanzaba a comprender, la hora del impacto estaba en torno a las seis de la madrugada. ¿Qué había ocurrido allí durante esas tres horas hasta que aquel joven dio el aviso? Ana, cansada tras estar toda la noche de guardia, se sentó en suelo al pie del sauce. Aquello iba a durar más de lo deseado, pensó. Mientras tanto, Jonathan preparaba un documento para mandar por mail desde su portátil a todos los hospitales de la zona.

- ¿Qué le vamos a decir a la familia de la supuesta víctima? Pregunto Ana.
- No lo sé.
- Mire verá, su marido está teóricamente muerto. En cuanto encontremos el cuerpo se lo mandamos por correo. ¡Ah! Y no dude en avisarnos si se pone en contacto con usted. Dijo Ana en tono irónico.
- ¡Vaya sentido del humor tan macabro! Exclamó Jonathan.
- En cuanto acabemos con esto vamos a tomarnos unas cañas ¿hace?
- Y unos bocadillos que estoy canino.

Media hora más tarde Ana y Jonathan se sentaron en la barra del Ankels, el viejo bar de carrera de la interestatal 436. Mientras ellos comían algo, a sus espaldas un camionero comentaba el accidente con la camarera.

- No es la primera vez que pasa algo así. Dijo ella.
- Tu sabes igual que yo que ahí pasa algo extraño. ¿Cuánto hace de lo de aquella cría que desapareció en el mismo lugar?
- Creo que unos diez años.
- Nunca la encontraron ¿verdad?
- No. En aquel entonces se habló de secuestro pero, como en este caso, no se encontró ningún rastro.
- ¿Fue también donde el viejo sauce no?
- Exacto... siempre el viejo sauce.

Ana y Jonathan se miraron. ¿Qué era aquella historia de la chica? ¿Y porque se referían al sauce de aquel extraño modo? Ambos se acercaron hasta la mesa del camionero y se sentaron frente a él.

- Buenos días caballero.
- ¿Puedo ayudarles en algo?
- Puede que sí. ¿Qué fue lo que ocurrió hace diez años frente al sauce de la carretera? Preguntó Jonathan.
- Nos ha oído ¿no?
- Efectivamente. Contestó Ana.
- Bueno, la verdad es que la historia se remonta mucho más atrás. A mí me lo contaba mi abuela y a ella su madre.
- ¿Qué historia? Increpó Jonathan.
- La leyenda del viejo sauce.
- ¿Qué leyenda? Preguntó Ana.
- Decían que ese sauce no era de este mundo. Que posiblemente fue plantado por alguna fuerza maligna y que no era otra cosa que una puerta al infierno.
- ¿Y usted cree en leyendas? Preguntó Jonathan en tono irónico.
- Yo creo en lo que veo y si revisa las desapariciones locales de los último años, verá que la estadística no miente.
- Refrésquenos esos datos, por favor. Exclamó Ana
- Bien pues hace diez años fue esa adolescente. Carla Pattinson, creo que se llamaba. Había quedado al atardecer frente al sauce con su novio y nunca más se supo de ella. Pero me consta que antes que ella hubo otros.

Ana y Jonathan se miraron no sin cierta incredulidad. Aquella historia parecía una leyenda urbana de las muchas que habitan en los pueblos. Sin embargo, Ana llamó a la central y pidió que recabaran información sobre otras desapariciones en un radio máximo de dos kilómetros. La respuesta no se hizo esperar. Sorprendentemente, había habido varias desapariciones durante los últimos setenta años, aunque no parecían seguir ningún patrón temporal concreto. Sin dudarlo, Ana y Jonathan se dirigieron a la escena del accidente.

Cuando llegaron, tan sólo quedaban algunos cristales y hierros sobre el suelo. Aún se podían ver las marcas de los neumáticos sobre el asfalto. Ambos miraron fijamente al viejo árbol.

- ¿Qué quieres que hagamos aquí? Preguntó Jonathan a Ana.
- No sé. Es sólo que...
- Si quieres interrogamos al árbol. Exclamó Jonathan riéndose de su compañera.
- ¡Muy gracioso!
- ¡Mira eso! Dijo el sobresaltado.
- Parece una cara esculpida sobre el tronco.

Jonathan puso sus manos sobre el tronco palpando aquel extraño capricho de la naturaleza. De pronto, empezó a tener la extraña sensación de que no podía controlar sus manos. Era como si se hubiesen dormido.

- Ves, hasta a mis manos les entra el sueño. Si es que deberíamos estar durmiendo la siesta en vez de perder el tiempo aquí.

Al principio, le pareció gracioso pero, segundos más tarde, cuando el color y la textura de estas empezaron a asemejarse a la corteza del viejo sauce, Jonathan se percató de la gravedad de la situación.

- ¡Dios mío!, ¡Ana tira de mí, ayúdame!

Aquel árbol le estaba engullendo y ni él, ni Ana, conseguían separale de aquel tronco. Cuanta más fuerza realizaban el árbol tiraba con mayor ímpetu de ellos.

A la mañana siguiente, una unidad de policía investigaba la desaparición de los agentes Ana Gallardo y Jonathan García en el kilómetro 56 de la interestatal 436. El coche se hallaba estacionado en el arcén con las puertas abiertas. Pero no había ni rastro de los dos agentes.

2 comentarios:

josemoya dijo...

A pesar de que dejas adivinar demasiado pronto el papel del sauce en todo esto, consigues crear una sorpresa final: avisados y todo, los agentes son engullidos por el sauce, que los adormece. ¿Sobredosis de ácido salicílico?

Anónimo dijo...

Encontre tu blog de casualidad en un pagina de relatos llamada escalofrio algo por el estilo.
y que decirte eres una genia en esto !
tus relatos son de lo mas atrapantes y entretenidos.
saludos !

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