viernes, 17 de diciembre de 2010 | By: Laura Falcó

La llamada

-Si diga.
-Cógido 3. Dijo una voz ronca y seca.

Ana dejó caer el auricular y sin pensarlo se fue a la cocina, tomó un cuchillo, se sentó en el sofá del salón y tras observar durantes unos breves instantes el afilado filo, lo hundió con todas sus fuerzas en su pecho, una y otra vez.

Era el cuatro caso idéntico en lo que iba de mes y seguían sin encontrar un vinculo lógico entre ellos. En todos los casos la víctima aparecía muerta de forma violenta sin un móvil, sin un motivo aparente. A primera vista, dada la violencia de las escenas, todos se inclinaban a pensar en un asesinato pero, tras el examen del forense, esa posibilidad quedaba del todo descartada.

-Extraña forma de suicidarse ¿no? Preguntó Clara al inspector jefe.

Lo cierto es que Jorge no había visto nunca algo igual.

En el primer caso se trataba de una mujer joven, soltera, de clase social alta y sin problemas aparentes. El cuerpo, ensangrentado y desgarrado por las múltiples puñaladas, se encontró sentado en el sofá del salón. ¿Cómo podía alguien en su sano juicio optar por auto apuñalarse en más de doce ocasiones? Parecía ciertamente inverosímil que alguien tuviese la sangre fría y la voluntad de someterse a aquel calvario habiendo formas mucho más dulces de morir. Pese a la crudeza de la escena, en su rostro no se apreciaba tensión, o sufrimiento alguno. En el segundo caso, el cadáver era el de una estudiante. Cuando su compañera de piso regreso a casa la encontró en la bañera electrocutada tras tirar dentro de la misma, un secador de pelo. Nuevamente, sorprendía la dureza innecesaria de la muerte, más propia de un asesinato que de un suicidio. Sin embargo, no habían huellas, no había ningún rastro de lucha, o resistencia. El secador seguía preso en su mano delatando la intencionalidad de aquel acto. Nuevamente, la cara de la joven trasmitía paz y serenidad. Sus hermosos cabellos rubios flotaban como medusas en el agua de la bañera mientras ella parecía estar plácidamente dormida.

A los pocos días, apareció aquella ama de casa que sorprendentemente, tras dejar a su bebé en la guardería del barrio, había decidido introducir su mano en el triturador de la cocina hasta morir desangrada. Sólo imaginar el dolor Clara palideció y echó todo el desayuno; hubo que hacerla salir fuera de la casa. Por tercera vez, Jorge no alcanzaba a comprender la serenidad de aquel rostro que, imperturbable al dolor, parecía estar en un estado cercano al nirvana. Por último, y posiblemente este fuera el caso más impactante, estaba aquel ejecutivo que tras ser ascendido en su empresa, llegó a casa, rompió el cristal de la ventana e, introduciendo la cabeza por el boquete, apretó su cuello contra el cristal roto hasta cortarse la yugular. La escena era dantesca.

Nada les unía, ni tan siquiera sus amistades, estatus social, o laboral, tan sólo había una cosa en común además de una muerte violenta, en los cuatro casos el teléfono de la casa se encontraba descolgado. ¿Una noticia traumática?, ¿Amenazas telefónicas? Tras días de investigación seguían como al principio, no había nada llamativo en sus vidas, nada que les condujese a aquella situación. Por otro lado, tampoco la última llamada recibida en aquellos teléfonos provenía de un único número. Un teléfono público, una tienda, un móvil.... Jorge sabía que no tardarían en hallar a una nueva víctima. El patrón respondía perfectamente al de un asesino en serie, aunque aparentemente fuesen suicidios. Pero, a falta de alguna evidencia que apoyase aquella versión, los casos estaban oficialmente cerrados.

Apenas había pasado una semana desde el último caso, cuando una nueva llamada les avisó de otro caso igual. Esta vez se trataba de un empleado de una fábrica metalúrgica. Según su jefe, alguien le llamó por teléfono y acto seguido se subió a la pasarela superior y se arrojó sin dudarlo dentro de horno de fundición. Lo más sorprendente es que en ningún momento se oyeron gritos de dolor; Ernesto se fue en silencio.

-Le pregunté si se encontraba bien, ya que le vi como ido; pero ni tan siquiera contestó. Argumentó aquel hombre.

Aquella era la única pista con sentido a la que Jorge podía agarrarse.

-Imaginemos por un momento la escena. Dijo Jorge a Clara tratando de recrear la situación.-Suena el teléfono y Ernesto lo coge. Alguien al otro lado le dice algo que le sumerge en un estado de... ¿trance?
-¿Hablamos de hipnosis? Preguntó Clara sorprendida.
-Algo parecido pero mejor. La hipnosis no permite ir contra la voluntad del sujeto y menos atentar contra su vida.
-¿Entonces?
-No tengo la respuesta, pero no creo que la verdad diste mucho de esta hipótesis.
-Quizás deberíamos investigar a quiénes practican, o experimentan con esa técnica.
-No acabaríamos nunca. ¿Sabes cuántos psicólogos, curanderos o magos la utilizan? Además, el que ha hecho esto posee unos conocimientos superiores al resto.
-¿Científicos?
-Una técnica semejante, una hipnosis capaz de anular por completo la voluntad humana, no puede ser únicamente el fruto del experimento de un científico loco.
-¿Quién crees que puede estar detrás?
-¿Cia, FBI, NASA...? Se me ocurren una cuantas organizaciones gubernamentales y no gubernamentales con capacidad para desarrollar armas de este tipo.
-Aún y así, debería haber un nexo entre las víctimas, no creo que sean escogidas al azar.
-Seguramente no, pero...¿cuál?

Los días pasaba y el temor a que apareciese un nuevo caso era cada vez mayor. La opinión pública empezaba a preguntarse sobre lo casual de aquellos casos y los políticos empezaban a inquietarse.

-Ya sé que oficialmente son casos cerrados, pero los jefes están intranquilos y exigen respuestas. Quieren una investigación discreta pero efectiva. Dijo el inspector jefe a Jorge.

En el fondo Jorge estaba encantado. Esa oportunidad de seguir en la brecha era lo que andaba buscando.

No pasaron ni cuatro días cuando un nuevo cuerpo sin vida avivó la investigación. Esta vez se trataba de una mujer de mediana edad que, tras recibir una llamada de teléfono, abrió la ventana y se lanzó sobre los afilados pinchos de la valla de hierro forjado de la finca.

-¿Sabes que periódico leían los demás? Preguntó Clara ojeando el que había sobre la mesa del salón.
-Pues no. ¿Crees que tiene algo que ver?
-Bueno, yo tampoco me fijé, pero al ver este sobre la mesa y con este anuncio señalado...
-¿Qué anuncio? Preguntó Jorge arrebatándole a Clara el periódico de las manos.

¿Sería aquella por fin una pista fiable? Jorge miró atentamente la página en cuestión. El diario no era del día, tenía cerca de un mes. En la página de anuncios había uno subrayado en rojo. En el se podía leer:

“¿Mala suerte, no tiene trabajo, no ha encontrado el amor? El gabinete Adelaida está a tu servicio las 24 horas. Llámanos ahora, o visitanos en calle Leganitos nº 32.  Tel: 91 926 54 23.”

-¿Magia? Preguntó Clara frunciendo el entrecejo.
-Quien sabe. Aunque en los casos de este estilo hay detrás un interés económico y aquí, no parece que falte dinero.
-Quizás el motivo sea otro.
-Deberíamos repasar los otros casos y ver si hubo llamadas a este número, o visitas a esa dirección.
-Me pongo a ello.
-Mientras yo realizaré una visita de paisano al local.
-No vemos mañana.
-Perfecto.

Al día siguiente, ya en la comisaría, Clara se acercó a Jorge.

-Creo que tengo algo. Aunque no constan llamadas a ese número, los conocidos de las víctimas afirman que habían acudido alguna vez a consultorios de este tipo. De hecho, en el caso de la estudiante, su compañera está casi segura de que fue a una tarotista de la calle Leganitos.
-Es posible que hayamos encontrado el nexo de unión, pero nos falta el móvil.
-Y tú, ¿fuiste al local en cuestión?
-Sí, me hice pasar por un cliente.
-¿Y?
-Hay algo extraño en ese cuchitril. Era como si el tarot fuese la tapadera de algo más, de algo mucho más feo.
-¿Algo cómo qué?
-No sé...¿quizás una secta?
-Porqué iba una secta a “suicidar” a sus miembros? Preguntó Clara.
-¿Quizás porque querían abandonar el barco y sabían demasiado?
-Tiene lógica salvo porque una secta saca dinero a sus allegados y en este caso no hay indicio de nada de este parecido.
-Quizás se negaron a “colaborar”.
-Es posible.

-O quizás fuesen familia de alguien que sí estaba captado por la secta.
-Esa explicación parece bastante más sólida.

En ese momento sonó el teléfono de la mesa de Jorge.

-Sí, diga.
-Cógido 3. Dijo una voz ronca y seca.

De pronto, sin mediar palabra, Jorge se levantó de la silla, desenfundó su arma y tras disparar a Clara en la cabeza causándole la muerte de forma casi inmediata, se voló la tapa de los sesos.

Homicidio en primer grado y posterior suicidio, se leía en el dossier del caso. En la comisaría surgieron todo tipo de hipótesis; para la mayoría se trataba de un crimen pasional. Desgraciadamente, nadie volvió a investigar el caso de los suicidios.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno. Este relato da para una novela; lástima porque me hubiese gustado saber que había detrás de los suicidios.

Anónimo dijo...

Realmente estuvo bueno, pero concuerdo con el otro comentario, habría sido genial saber qué había tras los suicidios.

Ligia Briceida dijo...

ME ENCANTAN LOS RELATOS DE TERROR Y MISTERIO. ENTRE A ESTA PAGINA POR CASUALIDAD Y ME GUSTO. FELICITACIONES LAURA MUY BUENOS RELATOS

Anónimo dijo...

Muy buena la historia!!! Sobre todo el misterio....

Nemesis dijo...

Me has tenido pegado a la pag desde el principio al fin de la historia, mas que cautivante es absorvente, no entiendo todavia de donde sacas tantas ideas y tan buenas, pero espero que de donde sea que esten saliendo que sigan saliendo mas.

Saludos
Nemesis...

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