miércoles, 1 de octubre de 2008 | By: Laura Falcó

El pozo

María compró aquella vieja masía con la idea de rehabilitarla y volverla a vender. La localización era muy buena y tenía muchas posibilidades de trasformarse en una hermosa casa rural. Se tomó el día libre y junto con Tomás, el arquitecto encargado de la restauración, recorrió toda la parcela y el viejo caserío analizando las distintas opciones y los costes derivados de ellas. Fue en ese instante en que descubrió el viejo pozo. En las anteriores visitas no había reparado en él. Se asomó para ver si aún tenía agua y, al apoyarse en el borde, resbaló cayendo en su interior. Afortunadamente, el pozo estaba lleno y tan sólo se llevo algún que otro rasguño. Tomás la ayudó a salir.

A la mañana siguiente se levantó como cada día para ir a trabajar. Se duchó y se puso, como cada mañana, frente al espejo dispuesta a disimular a base de cremas y maquillaje las arrugas de su rostro. Aquel día algo era diferente. Se miró de frente, de lado, de lejos, de cerca pero no había ni rastro. Las marcas que la edad deja en nuestra piel parecían haberse esfumado. No daba crédito a sus ojos. Aquello era incomprensible. Ni la mejor cirugía estética era capaz de dejar la piel tan tersa y nítida.
Pasó toda la mañana respondiendo a incómodos comentarios de sus compañeros de trabajo. Lo peor es que no tenía una respuesta verosímil, ni real. Cuando por la noche llegó a casa volvió a colocarse frente al espejo. Estaba encantada con aquel milagro y aunque no era capaz de encontrarle una explicación, el resultado era magnífico.

Al día siguiente amaneció con unas ganas irreprimibles de volverse a ver en el espejo. Saltó de la cama y corrió hacia el baño. Algo no iba bien. Su cara volvía a tener el ajado aspecto de todos los días. Ni rastro de la tersura, la juventud y la belleza de la mañana anterior. Se sentó en la cama triste y tratando de averiguar que había causado aquel cambio. Empezó a recordar que cosas no habituales había hecho a lo largo de aquella semana. No tardó en dar con la solución.

- ¡El pozo! Exclamó.

Esa era la única cosa extraña y anómala que le había ocurrido aquella semana. Descolgó el teléfono y llamó a la oficina para pedir el día libre. Tenía que volver allí. Debía averiguar que era lo que contenía aquel viejo pozo en su interior.

Llegó a la finca a media mañana y se fue directa hasta el pozo. Lo miró no sin una cierta desconfianza y temor. Hasta ese momento no había valorado que, fuese lo que fuese aquello que había transformado su rostro, podría incluso tratarse de un residuo químico, de algo venenoso o con terribles efectos secundarios. Pero pese a todo, el recuerdo de su rostro terso y joven, tenía bastante más fuerza que cualquier temor. Lanzó el cubo al interior del pozo y lo subió nuevamente lleno de agua. Tocó el agua con la yema de sus dedos y los miró atentamente, pero no ocurrió nada. De todas formas, pensó, tampoco el día que se cayó al pozo el resultado fue inmediato. Lavó su cara con aquella agua y lleno una botella que se llevó consigo a casa.

Nuevamente, a la mañana siguiente saltó de la cama y corrió hacia el baño. Su cara volvía a resplandecer como en sus mejores momentos. Se sintió feliz. Salió del baño dispuesta a vestirse cuando un cierto temor hizo presa en ella.

- No puedo vender la finca. Pensó.

De hecho, nadie debería saber de la existencia de aquel maravilloso hallazgo. Si alguien lo descubría corría el riesgo de perder la propiedad ya que, el estado querría realizar todo tipo de análisis e investigaciones. Por otra parte, si llegara a conocerse su existencia, todo el mundo querría tener acceso a aquella fuente de la eterna juventud. Debía proteger aquel hallazgo a toda costa. Sólo ella se beneficiaría de aquel descubrimiento.

Sonó el teléfono sin cesar, como lo venía haciendo desde días atrás. Eran otra vez esos pesados de la oficina. ¿Es que no se daban cuenta de que no podía volver? Debía vigilar aquel pozo. Nadie debía acercarse a él. María llevaba más de una semana en la finca. Hacía turnos de vigilancia junto al pozo. Temía que alguien lo pudiese descubrir. A ratos, entraba en la masía y se deleitaba mirándose en el gran espejo que había en la entrada. Era tan hermosa. Aquella agua no sólo poseía la capacidad de rejuvenecer, sino que, a medida que la iba utilizando su rostro se hacía más bello y sus rasgos más dulces. Su pelo había adquirido un tono perfecto y un brillo extraordinario. Su cuerpo era esbelto, perfectamente torneado y sus volúmenes eran los precisos. Sólo una cosa le angustiaba; que nadie pudiese deleitarse con tanta belleza. No podía abandonar la casa, no podía alejarse del pozo. Se había acostumbrado a utilizar el agua cada hora y cuando había probado de reducir la frecuencia de aquellas dosis, la vejez real de su cuerpo volvía a aflorar de forma casi inmediata. Cada vez lo hacía más rápido y con más fuerza. Se había convertido en prisionera de su propia belleza. Casi ni dormía. Toda su obsesión era mojarse continuamente en aquella agua y vigilar que nadie se acercase a ella. Aquello ya no la llenaba, por el contrario, se había convertido un auténtico calvario.

Había pasado un mes. Cogió el teléfono y llamó a Tomás.

- Tomás, quiero retomar la obra cuanto antes.
- Bien, podríamos empezar la semana que viene.
- Está bien, pero necesito que me hagas un favor. Quiero que dinamites el pozo esta misma tarde.
- ¿El pozo?, ¿Esta tarde?
- Sí, esta tarde.

María sabía que la única forma de acabar con aquella obsesión era que dejara de existir. Ahora entendía porque la bella mujer que le vendió la finca tenía tanta prisa en deshacerse de ella.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

realmente extrano pensar que algo que ta ha traido juventud y en cierto grado felicidad tenga que ser destruido!!!exelente historia un relato corto pero no le falta nada!!! .....

Peter Mathius dijo...

Tanto fué el cántaro a la fuente, que al final se rompió.... Normal... llega un momento que de todo asunto y hecho, aunque sea Extraordinário, cuando Prevalece la Costumbre "Te Cansas", y es lo que buenamente a esta Triste Señora le pasó... ¡¡¡ Genial Relato Láura, me encantó !!!

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